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Amor y no-dualidad
La idea según la cual Dios es Amor, con
todas sus implicaciones, representa un desafío para un advaitin[1]
que pretende estar más allá de todo dualismo y por
tanto dado que el amor parece presuponer dualidad estar
también más allá del amor. Este problema es,
ante todo, una cuestión interna del hinduismo que, en sus
principales corrientes devocionales, es una religión del
amor (bhakti) y en sus aspectos más contemplativos
y filosóficos una religión de la gnosis (jña-na)
(que pretende ser superior que la primera), pero es también
una cuestión que, de una forma u otra, se plantea ineludiblemente
en toda experiencia de no-dualidad.
La respuesta convencional al problema, es que el amor (bhakti)
es sólo un primer paso hacia La gnosis (jña-na):
hasta que no hace su aparición la intuición suprema,
no se puede hacer nada mejor que seguir el camino de la devoción.
Es una típica respuesta adváitica: la bhakti no es
más que una preparación al jña-na, y debe abandonarse
en cuanto se alcanza este último.
Una segunda respuesta, también tradicional, es que el verdadero
jña-nin[2] no cree en la bhakti para sí mismo,
sino que cumple sus prescripciones por cuenta de otros, como se
dice que hizo Sankara cuando cumplió los ritos funerarios
por su madre, o como las funciones de los sacerdotes en las ceremonias,
que se desarrollan por cuenta de la gente. Sin embargo no es una
respuesta completamente satisfactoria, en especial para ese tipo
de advaita que no quiere ignorar la existencia radical del amor.
¿Hay, entonces, en el corazón de un verdadero advaitin,
un lugar para el amor?
Se plantea ahora un tercer punto. Si el amor no debe de ser una
palabra vacía, implica una cierta tensión entre el
amante y el amado, o por lo menos una cierta distancia entre ellos.
Bhakti, en efecto, significa etimológicamente tanto separación
(bañj) como dependencia (bhaj). Pero hay, además,
otros aspectos que debemos tener en consideración.
La percepción del Ser como amor cristalizado parece llevar
a la experiencia de su estructura como amor universal, como una
efusión de amor que no tiene en cuenta los objetos a los
que se dirige: en otras palabras, un amor total a todo aquello que
lleva en sí una chispa del Ser. ¿Pero es el amor solamente
una armonía interna?, ¿no hay quizá, en él,
otro elemento?, ¿puede existir sin cierto dinamismo afectivo?,
¿no requiere una especial relación yo-tú, en
la que ese tú concreto no puede ser cambiado
por ningún otro?, ¿existe realmente espacio en el
advaita para este amor particularizado y personal?
Parece que la experiencia auténtica del amor humano no
se contenta con una implicación con el otro como un otro
genérico en la cual el otro es en definitiva reducido
al sí-mismo, sino que tiene necesidad del otro como
de un otro particular, personal e irrepetible. Todo verdadero amor
es único: ¿dónde encuentra entonces su lugar
la universalidad?, ¿el amor de una madre hacia su hijo, por
ejemplo, o el de un hombre hacia su amada, tiene un valor último?,
¿puede un advaitin sentir ese amor?, ¿la amistad
tendrá lugar en el cielo, es decir, en Dios?
Un advaitin puede amar cualquier cosa: su afecto no condicionado
por el nombre y la forma (na-ma-rus,pa)[3], puede abrazar
a todo; porque toda cosa, en la medida en que es, es el Sí-mismo
y por lo tanto digna de amor. ¿Pero es este amor real?, ¿podemos
aplicar el término amor a algo que hace abstracción
de todo cuanto tengo y que en cierto sentido elimina mi persona
hasta el punto que mi ego no posee nada que pueda atraer al
amante, ser entregado como un don o conquistar la devoción
del amado?, ¿qué amante o qué amado estaría
satisfecho con un amor sin ojos ni rostro?, ¿o bien estas
son sólo imágenes antropomórficas, sin sentido
último alguno?
La clásica respuesta adváitica es archisabida:
no se ama a alguien sea amigo, mujer o marido por sí
mismo, sino por el a-tman[4]. El amor es todo lo que hay;
no hay amante o amado: toda distinción entre ellos es borrada.
En ello hay una profunda verdad, en la medida en que responde a
la exigencia de superar el dualismo, pero estoy, al mismo tiempo,
convencido de que no es la verdad más profunda que el advaita.
En mi opinión el advaita debería oponerse al monismo
estricto de la misma manera que se opone a todo dualismo. En los
párrafos que siguen intentaré mantenerme fiel a una
intuición del advaita que transciende estos extremos de monismo
y dualismo.
Llegamos así al cuarto punto que, por sí mismo,
como el cuarto estadio del brahman[5], nos permite tener
una visión plena de lo último y el último
misterio es lo que tratamos de alcanzar.
Si la estructura de lo último es el amor, entonces este
es el amor que ama, o amor del amor, amor-en-sí-mismo: es
como un ojo que se ve a sí mismo, una voluntad
que se ama a sí misma, un ente que se vuelca
fuera como Ser, una fuente que se reproduce
totalmente en una imagen idéntica y que después emerge
en el Ser como aquello que acoge a la fuente. La imagen
es el Ser. La fuente del Ser, puesto que es la fuente, no es el
Ser sino precisamente su fuente. Además, para que este
dinamismo y esta tensión no pongan en peligro la total unicidad
el Absoluto, el ojo reflejado, el ser generado, la imagen
idéntica no interrumpe el flujo generoso del amor divino
sino que lo devuelve amando con el mismo amor, respondiendo en la
misma medida, de modo que, visto desde fuera, parece
que nada ha sucedido en la vida interna del Absoluto.
Sólo quien toma parte en este dinamismo puede atestiguar
el flujo incesante de la Vida divina: un Amor que se da plenamente
y es salvado, por así decirlo, por la respuesta total del
amado, que devuelve el amor del Amado respondiendo con amor.
Ahora bien, un advaitin es una persona que ha realizado
la absoluta no dualidad del Ser, de la Realidad, del Supremo, del
Absoluto sea cual sea el nombre que escojamos para designar
al Inefable. No hay lugar para el dualismo pero tampoco para el
monismo. El dualismo no puede ser la meta última, porque
donde hay dos existe una relación entre ellos que está
por encima de ellos y es más definitiva que ambos. Y tampoco
el monismo puede ser lo último, en la medida en que niega
el supuesto mismo del problema.
El Advaita y el amor
Digámoslo así: Un advaitin se halla establecido
en el Yo único y supremo (aham-brahman). Sin embargo
este Yo, por el hecho mismo de ser el Yo, implica, produce un Tú
como su contraparte necesaria (alius [el otro] non aliud
[lo otro], el partner del Yo no otro). En palabras
más sencillas, de alguna manera el Yo debe reflejarse en
un Tú, aunque este Tú sea sólo la producción
del propio Yo y no un otro externo. En este Tú,
el Yo se descubre a sí mismo, y realmente lo es (es decir
el Yo). Por decirlo de otro modo: el Tú es la conciencia
que el Yo no sólo tiene sino que es. En efecto este Yo se
conoce a Sí mismo, pero su conocimiento no es otra cosa que
Aquel que conoce. Sin embargo, el Conocimiento ha llegado a producirse
porque Aquel que conoce ha salido de sí mismo, por así
decir, ha amado aquello que Él, a través
del amor, reconoce como su (mismo) conocimiento. Sí mismo
tal y como es conocido por Sí mismo. Podría no conocer
ni siquiera a Sí mismo si no fuese empujado hacia fuera o
si no se despojase de Sí mismo, sólo para
reencontrarse inmediatamente en el sujeto (persona)
en el cual él se ha otorgado a Sí mismo. Este don
total de Sí es Amor. Ahora estamos mejor equipados para profundizar
en nuestro problema.
El advaitin que se ha establecido en ese Yo en el
Absoluto, que podemos decir que se conoce y ama a Sí mismo
reconoce y ama las chispas de Ser que flotan rebosando de la nada
por lo que son: partes u objetos
(aunque este sea un uso impropio de las palabras) del conocimiento
y amor divinos. Él conoce y ama las cosas de
la misma manera en que Dios las conoce y las ama (por usar términos
teístas), en un único acto con el cual Él se
conoce y ama a Sí mismo y en el cual Él asocia todos
aquellos que nosotros llamamos seres presentes sobre la tierra,
sea cual sea la naturaleza que posean. El advaitin no sólo
ve todas las cosas en el Uno sino que posee una percepción
de toda cosa como no dual y por tanto que no constituye una especie
de segundo frente al solo y único Uno: «un solo sin
segundo»[6] puesto que ningún dvanda, ninguna
pareja, ninguna dualidad puede ser última. El ama todo del
mismo modo que el Amor único y universal. En cuanto alcance
e intensidad el verdadero advaitin ama como ama el Absoluto.
Ahora bien, una cosa sea la que sea lo es en la medida
en que es conocida y amada por el Conocimiento y Amor absolutos.
Como ya hemos dicho, las cosas no son más que cristalizaciones
del amor divino. Una cosa es no sólo en la medida en que
es amada; ella es ese mismo amor. En sí misma no es nada.
Si una cosa no fuese una simple nulidad no podría ser el
recipiente puro de ese único acto de amor del
Yo absoluto. Ahora bien, por el hecho de que este acto divino crea
precisamente esa cosa, la cosa íntegra, la cosa que comprende
su propio origen, es el Yo total, el Amor total e indivisible. Vista
respecto a sí misma como la cosa en sí,
aparece como una imagen limitada de un amor sin límites,
de la misma manera que la totalidad del sol se refleja, aunque no
de manera completa, en cada uno de los trozos de un espejo roto.
Si hubiese que expresar esto en términos teístas,
carecería de sentido decir que Dios ama a una cosa más
que a otra, no sólo porque el más no tiene
sentido alguno referido a Dios, sino también porque igualmente
carece de significado respecto a las cosas mismas. Si
Dios amase una cosa un poco más de lo que efectivamente lo
hace, esa cosa en cuanto cristalización
del amor divino dejaría de ser lo que es y sería
en cambio otra cosa la otra cosa con ese más.
Consideremos ahora la cuestión concreta del lugar que el
amor humano corriente tiene en el corazón de un advaitin.
Ante todo, hay que eliminar todo tipo de afecto caprichoso debido
a causas psicológicas o estéticas; se admite sólo
aquel que tiene una justificación ontológica suprema.
En otras palabras, debemos conectar el amor humano con el centro
mismo del Absoluto, o de lo contrario admitir que la bhakti
no está en el mismo plano que el jña-na.
Yo amo a mi madre, a una amiga, a mi mujer o a mi hijo con un
amor que no es intercambiable. No amo al objeto de mi amor sólo
porque ella es madre o compañera,
sino porque es ella. Ninguna otra madre podría sustituirla,
sólo esa amada puede extinguir la sed del que ama; no puede
existir sustituto alguno. El amor no admite indiferencia. Toda cosa
en la amada es diferente y única. Además, yo no amo
a mi madre o a mi compañera porque
es mi madre o mi compañera, sino por sí
misma, por el Sí que hay en ella. La Upanis,ad tiene
razón: es en virtud del a-tman, del Sí-mismo,
pero este a-tman no es ni su alma ni la mía pero tampoco
es algo distinto de ambas.
Pero aquí está precisamente la dificultad. En el
amor de un no-advaitin el problema ni siquiera surge: él
ama al otro en cuanto otro, al tú como ese tú particular,
vivido como realidad última, con el consiguiente riesgo de
idolatría. He aquí porque en un contexto dualista
existe un cierto antagonismo entre el amor de Dios y el amor de
una criatura, y la religión dualista subraya la necesidad
de amar a la criatura por amor de Dios. El amor adváitico
es incompatible con esta dicotomía. Si amo a mi amado (o
a mi amada), no puedo amarlo ni por sí mismo ni por Dios.
He de amarlo con ese idéntico amor con el que amo a lo Último;
para ser más precisos, esa misma corriente de Amor que me
arrastra al amor del Absoluto hace que yo ame a mi amado como esa
chispa del Absoluto que él (o ella) realmente es. Aún
más: por decirlo en términos teístas, el amor
del advaitin hacia su amada es en realidad el Amor de Dios
hacia entrambos, el amante y la amada.
La persona, en el contexto del advaita, no es más
que el descenso concreto o la revelación del
Amor (divino). La unicidad de toda persona se basa en esta relación
de Amor siempre distinto y por tanto único. El amor adváitico
no ama lo individual sino lo personal, no la propiedad
de la amada, sino el don divino que a ella le ha sido concedido:
no lo que la amada posee, sino lo que es.
El amor adváitico
Intentaré describir este amor. Yo te amo amada mía,
sin ningún por qué más allá
de mi amor y sin ningún por qué detrás
de mi amor; te amo simplemente en cuanto que descubro en ti al Absoluto
aunque no como objeto, naturalmente, sino como al mismo sujeto
que ama en mí. Te amo con un amor único y total que
es la corriente del amor universal que pasa a través de ti,
por así decirlo, porque en mi amor por ti el amor universal
se despierta y encuentra su expresión. Te amo en cuanto que
eres es decir en la medida en que tú eres realmente
el Absoluto. No te amo a causa de mi mismo. Esto es esencial: Todo
amor egoísta es incompatible con el advaita; todo
tipo de concupiscencia, sea ella deseo de placer, de satisfacción,
de seguridad, de consuelo o similar, está excluido. Amarte
por mí mismo equivaldría a la peor forma de idolatría:
la egolatría. Todo amor que mire a enriquecerme, a completarme,
que en una palabra mire hacia mí, puede
ser quizás un amor humano y también bueno, pero no
es en absoluto amor adváitico. Este último
no es ni en función de Dios, como motivación externa
a mi amor, ni aún menos en función de
mi ego.
El único amor en armonía con el advaita es
el amor de Dios en ambos sentidos de la expresión:
es mi amor hacia El y Su amor por mí,
que pasa a través de la criatura que yo amo. Es un amor verdadero
y apasionado, sensible a los más leves detalles del auténtico
amor humano, y, sin embargo, es pasivo porque no está fundamentado
sobre el yo. Desde fuera podría parecer casi fatalista. Todo
amante está cogido, absorbido en su amor, vencido por el
amor. Hay amor en mí, y sucede que es dirigido hacia esta
persona en concreto. Es un amor que enciende en mí mi amor
hacia el Absoluto, porque ese mismo amor no es distinto del Absoluto.
Es un amor personal y directo que pasa a través de mi para
alcanzar a la amada, y que en cierto sentido hace ser a la amada.
Es un amor creativo, porque en términos teístas
es el mismo amor de Dios hacia una persona el que llama al ser a
esa persona. Un advaitin puede amar solamente si el Absoluto
ama; su amor no puede ser distinto.
Esta descripción puede hacerse un poco más completa
si expresamos este amor en términos ontológicos. Amo
a mi amada porque mi persona está establecida en el único
Yo, y este Yo es Amor y ama a mi amada. En este sentido, yo participo
del amor de Dios hacia esa persona. Dios ama a esa persona personalmente,
tal y como es, y yo también. Ella encuentra en mi amor el
amor de Dios, de alguna manera siente que a través
de este amor mío ella es amada. Y ahora quizás podamos
resolver la dificultad que habíamos mencionado al principio:
si las cosas están así, y si Dios ama a todo ser,
ese toque personal que caracteriza todo amor humano es totalmente
preservado, porque aunque el amante esté asociado
al amor universal de Dios, él comparte la relación
constitutiva del amor de Dios hacia su amada; o, en otras palabras,
hay una cercanía ontológica entre el amante y la amada.
Son como dos momentos o dos polos en el amor infinito de Dios. Yo
amo a mi amada porque soy ese amor de Dios que hace que mi amada
sea. No puede existir un amor más personal.
Sin duda he venido utilizando términos que pueden ser interpretados
fácilmente en sentido dualista. He hablado del amante y de
la amada como dos personas aquí en la tierra y he tomado
como ejemplo el amor entre un hombre y una mujer. Sin embargo, he
subrayado también que estos dos sujetos no pueden ser considerados
como dos realidades últimas, como dos polaridades puestas
una frente a la otra. El problema por tanto es este: ¿puedo
yo, tal y como soy, una persona humana, amar tal y como es a otra
persona, o por el contrario deberé renunciar a esta noción
de relación interpersonal y simplemente intentar desarrollar
un amor universal e indiscriminado dado que todo género de
autoafirmación es incompatible con el advaita? Es
precisamente aquí donde el carácter catártico,
purificador, de este supremo tipo de amor aparece de manera más
clara.
El amor advaita ha de ser divino y cósmico, lleno de personalidad
pero vaciado de toda individualidad, egoísmo, capricho y
concupiscencia. Es el amor más profundo y más fuerte,
y también el más humano en cuanto que alcanza al corazón
mismo del ser humano, su personalidad, su relación óntica
con Dios y con otro ser semejante a él mismo. No es un amor
de las cualidades individuales sino del corazón de una persona,
un amor de la persona integral: cuerpo, alma y espíritu.
Significa amar al otro como realmente es, un amor que descubre y
al mismo tiempo lleva a cumplimiento la identidad de amante y amada.
El verdadero amor humano no consiste en mirarse el uno al otro,
sino en mirar en la misma dirección, en el dar culto juntos
en una adoración unitiva. No es auténtico y definitivo
si no es un sacramento un símbolo real de la identidad
divina descubierta en dos chispas peregrinas que se funden conjuntamente
para alcanzar el único Fuego divino.
El amor en el diálogo entre hinduismo y cristianismo
El diálogo entre hinduismo y cristianismo es difícil
y se llega en seguida a un punto en que se bloquea, con el consiguiente
sentimiento de frustración, a causa de malentendidos
básicos originados muchas veces en prejuicios mutuos o en
la falta de conocimientos adecuados. Para mencionar solamente algunos
extremos, diré que se supone que el hinduismo no cree en
un Dios personal y se piensa que no ve en la caridad el primero
de los deberes religiosos. El concepto de persona, que parece esencial
e indispensable en cualquiera exposición de la fe cristiana,
es aparentemente desconocido para la mente hindú y así
podríamos poner otros muchos ejemplos. Por otra parte, los
hindúes más iluminados, que por lo general
profesan el advaita, consideran al cristianismo como una
religión inferior, porque ve en Dios esencialmente al otro
y no consiente ninguna unión o identificación con
él. Para el advaitin la idea de persona es en sí
misma relativa, por lo que aplicarla al Absoluto equivale a idolatría.
Es muy posible que el concepto de persona precise ser revisado
y tal vez profundizado, pero en este momento deseo hacer referencia
a un único punto que tiene especial relación con nuestro
argumento y discusión: a la implicación de la Trinidad.
Si Dios, el Padre, es el Yo supremo que llama engendra
al Hijo como su Tú, que Lo manifiesta y Lo refleja, entonces
el Espíritu no es solamente el Amor personificado del Padre
y el don de sí mismo del Hijo sino la no dualidad (advaita)
del Padre y del Hijo. En otras palabras, el advaita aplicado
a la Trinidad significa que no hay tres entes distintos (¡como
si eso hubiese sido alguna vez posible!) sino que el único
Yo se ama a sí mismo y descubre su no dualidad (que es el
Espíritu) en el sí-mismo que es el Tú (el Hijo).
La Trinidad, desde el otro lado, aplicada al advaita muestra que
en el no dualismo puede existir un espacio para el Amor entendido
exactamente como el movimiento interno de este Uno sin dos
(Eckam eva advitiyam).
La esencia de la persona es relación. Mi persona no es
otra cosa que una relación con el Yo. Por decirlo correctamente
mi personalidad se coloca en el interior del Tú singular
del único Yo. Pero mi persona está también
correlacionada con los otros, roza, por así decirlo, las
orillas de la realidad de otras personas. Mi persona está
también correlacionada con mi amada a la que yo llamo tú
y esta relación yo-tú nos hace emerger de la nada
gracias al poder del Espíritu dador de vida que es Amor.
De ese modo nos adentramos más y más en el Tú
del Yo supremo, que no es diferente de Dios mismo. Este es el máximo
nivel de amor humano y al mismo tiempo la propia condición
para que sea posible: cuando el Espíritu contesta a Dios
a través de nosotros. Aquí la personalidad alcanza
su madurez, que es pura transparencia.
Quizás las últimas palabras del libro del Apocalipsis
pueden ayudarnos a expresar la misma idea: «El Espíritu
y la esposa dicen: ¡ven!»[7], donde la esposa asume
y simboliza lo Universal transfigurado en el Amor y transparente
a él, Amor que es precisamente el Espíritu. «Ven»
es la llamada al Supremo a través del Amor, al advaita
a través de la bhakti. Tat tvam asi [esto eres
tú][8]. Un Tú eres tú. Nosotros somos
en la medida en que somos el Tú, el tvam del
Uno.
[1] El advaitin es el que ha alcanzado la experiencia de la no-dualidad
(advaita). El Advaita Veda-nta, que se basa fundamentalmente
en la interpretación que Sankara-ca-rya hace de las Upanis,ad
y de los Brahma Sis,tra, es una de las escuelas filosóficas
hindúes más difundidas en la actualidad en muchos
ambientes espirituales. Se considera a sí misma como el culmen
de todas las religiones y filosofías en cuanto que introduce
e interpreta la experiencia suprema de la no-dualidad,
o sea la esencial no-separabilidad entre el Sí-mismo (a-tman)
y Dios (brahman). De las tres vías
clásicas de salvación presentes en el hinduismo -karman
(las obras), bhakti (la adoración y el abandono) y
jña-na (la gnosis meditativa)- esta escuela representa
la última. En efecto se afirma que la realización
o liberación se alcanza sólo a través
de una conciencia intuitiva. Advaita (en cuanto distinto del Advaita
Veda-nta) sería el principio fundamental del no dualismo
(a-dvaita: no dualidad), privado de sus conexiones con el resto
del aparato filosófico del Veda-nta.
[2] Jña-nin es el seguidor de la vía de la
gnosis (jña-na).
[3] Na-ma-rus,pa representa el límite de la existencia
relativa. Para el advaita, el Supremo está más
allá de todo nombre y toda forma, pero para la bakti
ambos son manifestación del Divino (especialmente cuando
se trata del nombre de Dios y de su imagen).
[4] Cf. Brhada-ranyaka Upanis,ad II,4,5
[5] Según Ma-ndukya Upanis,ad (especialmente 3-7),
en el Absoluto hay cuatro estadios simbolizados por la vigilia,
el sueño, y el sueño profundo (estos tres estados
son condicionados), mientras que el cuarto estado (turiya
está más allá de todo condicionamiento).
[6] Cf. Cha-ndogya Upanis,ad VI, 2,1
[7] Apocalipsis XXII, 17
[8] Cha-ndogya Upanis,ad VI, 8,7 ss.
Raimon Panikkar
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