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Evangelio y pluralidad cultural
El ideograma japonés correspondiente al término
kiku (escuchar) está integrado por tres ideogramas
simples, precisamente los de oreja, ojo y corazón. Ello pone
de relieve que escuchar no es sólo entender, ni sólo
leer. Ser un verdadero lector de un libro auténtico es ser
también coautor. A la expresión sánscrita itivuttaka
(así se dijo), con la que comienza una colección de
textos atribuidos a Buddha, la tradición buddhista japonesa
le añade, en japonés antiguo, nyoze gamon (así
escuché).
La comprensión de los mensajes religiosos sigue al hecho
de escucharlos y de ponerlos en práctica, por lo tanto la
comprensión tiene lugar sólo en un segundo o tercer
momento. La mayor parte de las veces nuestro contacto con las Escrituras
Sagradas cristianas está condicionado por estratos de historia
no siempre cristianos, que acaban enterrando su sentido original
bajo palabras demasiado habituales, si no reductoras. El Evangelio
no es fácil de entender a no ser que se ponga en práctica.
Con pocas excepciones, que siempre han existido en distintos lugares
y momentos, la mayor parte de los cristianos ha creído poseer
los derechos de autor de los Evangelios, y aún cuando
los emplearon en ambientes no cristianos, lo hicieron para evangelizar;
lo cual, si no se confunde con adoctrinamiento, es en sí
un intento legítimo.
La exégesis cristiana normal de los Evangelios ha
consistido, generalmente, en una interpretación de los mismos
desde dentro del contexto histórico de la cultura judeo-helénica-romana
de la época en la que se escribieron. Para una hermenéutica
correcta de un texto se requiere el conocimiento de su contexto
y, añado, el conocimiento del pretexto del escritor. Sobre
los Evangelios se han escrito miles de libros, hasta el punto en
que los orígenes de la hermenéutica moderna se origina
precisamente en la interpretación de la Biblia. Se ha ido
formando incluso un corpus de interpretaciones de la Escritura,
que ha tenido la aprobación eclesial y que constituye la
que se ha llamado la tradición cristiana, marco obligado
para toda interpretación que quiera ser ortodoxa.
Es obvio, el Sola Scriptura, más aún que una
herejía típica de un período histórico
de individualismo moderno, es una imposibilidad, porque una
escritura escrita hace veinte siglos no está sola; estratos
de polvo la han ido recubriendo y haces de luz la han iluminado.
Además nuestras lentes tienen un espesor de dos mil años.
Durante siglos las distintas ramas de la sabiduría religiosa
han vivido en un espléndido y confortable aislamiento. Hoy
esto no es posible. Ninguna religión puede ignorar a las
que viven a su lado. Nos vemos impelidos unos hacia los otros ¡y
toda coexistencia tiene sus problemas!
Cuando, hace casi medio siglo, estaba a punto de comenzar a traducir
una parte considerable de la Sagradas Escrituras Hindúes,
algunos amigos cristianos me advirtieron que no deberían
ser utilizadas para la oración cristiana. Evidentemente se
pueden usar salmos e himnos que son de origen no-cristiano o pagano
¡pero, nunca jamás los Vedas! Algunos amigo hindúes,
por el otro lado, me hicieron notar que un sacerdote católico
romano no podía pretender entender los mantras hindúes
y, estrictamente hablando, ni tan siquiera leerlos, so pena de profanarlos.
Conocer algo es entrar dentro de ello; para entender una cosa hay
que, de alguna manera, ser parte de ella. Sólo así
se puede experimentar su verdadera esencia. Es, sin duda, correcto
afirmar que sin fe no se puede entender adecuadamente un texto sagrado.
Pero no hay que confundir fe y creencia. He introducido la noción
de pisteuma en la fenomenología religiosa, en contraposición
al noêma de la fenomenología tradicional. Pisteuma
(de pistis, fe) es lo que cree el creyente; noêma
(de nous, mente) es lo que entiende un observador. La fenomenología
religiosa se encarga de describir los que el creyente cree y no
lo que el observador observa. Si el observador, desde fuera, se
limita a describir lo que observa, es obvio que no describe lo que
el creyente cree.
La respuesta que yo daba a mis críticos era que los Vedas
pertenecen a la humanidad y que mi hermenéutica (como cualquier
traducción) era legítima, a condición de que
yo participase de ese espíritu humano que había inspirado
la s'ruti[1], la revelación védica. De manera
sorprendente, acabado el trabajo, muchos pandit me reconocieron
como un r,s,i reencarnado, uno de los sabios que habían
cantado por primera vez los Vedas. ¿Cómo si no, dijeron,
hubiera podido escribir lo que había escrito? Digo esto para
destacar cual puede ser la reacción de la otra cultura.
Estoy evidentemente de acuerdo con que un texto sagrado debe ser
tratado con respeto, que está justificada una cierta disciplina
del arcano y que es necesaria una cierta iniciación para
aproximarse de manera fructífera a cualquier texto sagrado,
lo que lo convierte en un acto litúrgico. La democracia es
un buen antídoto para la teocracia, pero tiene un efecto
colateral ruinoso si destruye todo sentido jerárquico. No
es mi papel en este momento recetar antídotos. Hemos de respetar
la tradición; sin embargo las tradiciones vivas no son momias
hibernadas. Necesitamos el soplo vital del Espíritu; y no
estar apegados a tradiciones sin vida, sólo porque eran consideradas
vivas en el pasado. (Cfr. Mt. XV,2 ss; XXIII,25 ss, etc.)
¿Es apropiado explicar los Evangelios fuera de su propio
contexto? ¿La propiedad intelectual de los Evangelios no
le pertenece, de manera específica, a la tradición
cristiana? Surgen aquí dos preguntas. Una filosófica:
¿son los Evangelios sólo narraciones históricas?
La otra estrictamente teológica: ¿está el mensaje
evangélico estrictamente ligado a los hijos naturales o adoptivos
de Israel o de Abraham?
Sin duda alguna los Evangelios pretenden transmitir bastante más
que una simple información histórica y mental. Las
primeras palabras públicas de Jesús invitan a la metanoia
(conversión), a trascender el nou~s, a la superación
de lo mental, incluso de la estructura mental del tronco abrahámico.
Si Pablo recibió la orden de dirigirse a los gentiles ¿fue
sólo para adoctrinarlos en las formas culturales hebreas,
o más bien para hacer posible la encarnación de la
Palabra también en otras culturas? La interpretación
espiritual es más que legítima Y cuando digo espiritual
me refiero a ese Espíritu que sopla donde, cuando y como
quiere.
El desafío al que he hecho referencia al inicio debe aplicarse
también a la nueva situación de nuestro tercer milenio.
Debemos conocer los signos de los tiempos. Permítaseme
formular esta pregunta concreta: ¿Los Evangelios se refieren
sólo a la figura histórica de un hombre llamado Jesús,
o por contrario hablan desde el principio del Cristo Jesús,
que el Arcángel Gabriel describió como Hijo del Altísimo
y que a los pastores les fue anunciado como Salvador, Ungido y Señor?
Ciertamente el Cristo resucitado era el Jesús histórico,
pero el argumento de los Evangelios no es la historia de aquel que
era considerado hijo de José, sino su prehistoria
y la narración del Hijo de Dios que camina como verdadero
hombre en una tierra concreta y en un tiempo determinado. La tendencia
moderna hacia el Jesús histórico ha traído
a primer plano características interesantes de aquel paisano
hebreo y taumaturgo mediterráneo; pero también
ha distraído, especialmente a los exegetas y estudiosos,
de lo que es el corazón de los Evangelios. Alejandro el Grande,
Gengis Khan y Napoleón cambiaron igualmente el curso de la
historia y, como dijeron los historiadores contemporáneos,
la faz de la tierra. ¿De qué tierra? ¿Son
los Evangelios sólo libros históricos?
En otras palabras, por razones históricas, y otros motivos
que la sociología del conocimiento nos ayuda a descubrir,
la visión del mundo de los primeros siglos cristianos se
basaba en una noción geográfica e histórica
muy reducida de la oìkoumenê[2]: hoy día
nadie se atrevería a sostener que los seis días de
Moisés eran de veinticuatro horas o que la tierra de los
Evangelios incluía también la Patagonia. Y sin embargo,
este síndrome de un solo mundo que equivalía
a nuestro mundo, se ha mantenido hasta nuestros días.
Durante los primeros siglos cristianos se pensaba que el Imperio
romano fuese la totalidad del mundo civilizado; la fórmula
urbi et orbe, que más tarde se convirtió en
la fórmula usada por el Romano Pontífice, era una
expresión latina habitual que reflejaba la mentalidad imperial:
Orbis in urbe iacet (el mundo entero yace en la ciudad de
Roma), y podría multiplicar los ejemplos hasta Copérnico
y la moderna ideología global[3]. Lo que sucede para
el espacio, sucede de la misma manera con el tiempo, aunque no sea
ahora el momento de hacer disquisiciones sobre el tiempo de las
expectativas escatológicas o de la resurrección. Que
la revelación se acabe con el último de los
Apóstoles ha sido una creencia teológica cristiana,
sin duda útil, naturalmente, para considerar al Islam como
una herejía y a los Bahâi equivocados. Pero razonando
así nos quedaríamos encerrados en la cultura del tronco
abrahámico. ¿Cómo podemos justificar nuestras
extrapolaciones? ¿Es el tiempo escatológico el fin
de una temporalidad lineal?
No hay duda de que las Sagradas Escrituras cristianas pertenecen
al tronco cultural abrahámico injertado en la cultura helénica.
Hay que decir que esta inculturación o mutua fecundación
entre las culturas hebrea y helenística es un fenómeno
precristiano como atestigua la extraordinaria actividad intercultural
de los autores de la traducción de la Biblia llamada de los
Setenta en la Alejandría del III siglo antes de Cristo, que
hallaron su culminación en Filón, más o menos
contemporáneo de Cristo. Lo que Filón hizo con el
judaísmo se convirtió en modelo para los Padres de
la Iglesia de los primeros siglos. Sin embargo parece que ese movimiento
creativo se paró allí, al margen de algunos cambios
accidentales introducidos por la cultura europea posterior. Recuerdo
estos hechos porque desde hace más de medio milenio parece
precisamente que la escucha del Evangelio deba reducirse
a escuchar los ecos del pasado.
Es un hecho que fuera del área helénico-semita,
la Biblia hebrea suena exótica, extraña y a veces
incomprensible, por no decir escandalosa. Los Evangelios griegos
en su sencillez congenian mejor con las otras culturas, pero la
teología subsiguiente, construida sobre ellos, es ininteligible
fuera de los esquemas mediterráneos de inteligibilidad. ¿Los
otros pueblos del mundo tienen quizás que sufrir una circuncisión
de la mente después de que la circuncisión del cuerpo
fuera abolida por el I Concilio de Jerusalén? Creo en aquel
sacramento primordial de JHVH con su pueblo, pero tampoco aquí
podemos hacer extrapolaciones. El judaísmo se mantiene en
pie por sí mismo, y no tiene necesidad de la protección
y menos aún de ser absorbido por parte de una religión
nueva que la Sinagoga rechazó. Pero este no es el lugar para
hablar de pluralismo.
Mi cuestión no es si los cristianos deben plantar por todas
partes las semillas del Evangelio, aunque me surja la sospecha de
que para algunos inculturación no significa plantar
semillas (símbolos) sino hacer crecer plantas (sistemas conceptuales).
No hay que asombrarse de que esas semillas (semina Verbi)
produzcan pocos frutos, no porque la tierra no sea buena, sino porque
el subsuelo es distinto. No todas las plantas pueden crecer en el
mismo suelo y bajo el mismo clima. Hablo en cambio de interculturación,
es decir de fecundación mutua. Mi cuestión es si las
Sagradas Escrituras cristianas tienen algo que decir, en cuanto
Escritura religiosa, a pueblos que no son ni hijos de Abraham ni
nietos de las culturas europeas. ¿Hemos de leer los Evangelios
como documentos culturales interesantes o como mensajes religiosos
(espirituales)?
Mi cuestión se refiere a la identidad cristiana. ¿Quieren
los cristianos mantener su propia identidad salvaguardando las diferencias
(aplicando el principio de no-contradicción)? ¿O por
el contrario subrayando la auto-comprensión (aplicando el
principio de identidad)?
Ambas respuestas son sensatas y legítimas. Para dar una
respuesta desde el lado cristiano, he invocado durante decenios
un II Concilio de Jerusalén desde el momento en que yo no
puedo arrogarme autoridad alguna para decidir el destino de la Iglesia
cristiana. Ésta se encuentra frente a una encrucijada: Debe
decidir si la comunidad cristiana es el resto de Israel,
la pequeña grey; o por el contrario si tiene el coraje
de seguir el ejemplo del I Concilio que rompió con el judaísmo
y abolió el pacto fundacional de JHVH con su pueblo (la circuncisión),
dejando espacio libre al Cristo kenótico, símbolo
universal de resurrección, liberación, realización,
salvación, plenitud, destino de toda la realidad. He aquí
un simbolismo cristiano muy tradicional: Como María la Madre
de Dios (theotokos) dio a luz a Jesús y Jesús
vivió después su vida de adulto, de la misma manera
la Iglesia del tercer milenio, cual icono de María, pare
al Cristo que se encarna en los hijos del hombre, en un modo que
no nos corresponde a nosotros ni determinar ni prever. Podría
insinuar de pasada que si una iglesia adulta hubiese cortado el
cordón umbilical con el judaísmo y hubiese reconocido
el valor independiente de la Biblia, sin pretender poseer una interpretación
más autorizada que la judía, las oleadas antisemitas,
quizás, no habrían surgido jamás, o por lo
menos tan violentas.
***
Uno de mis críticos me escribió una vez que en lugar
de cristianizar el hinduismo, que era lo que debía de haber
hecho, estaba hinduizando el cristianismo, lo cual era una herejía.
Le contesté amablemente que el cristianismo estaba vivo gracias
a las simbiosis realizadas con Grecia, Roma, Europa, la modernidad,
etcétera. ¿Por qué tendríamos que parar
el viento, mejor, la brisa del Espíritu? Un espíritu
que hace nuevas todas las cosas y que barrió hace miles de
años el sueño de una sola lengua universal, como nos
cuenta el episodio de la torre de Babel recogido en el Génesis.
El etnocentrismo hebreo es perfectamente comprensible. JHVH es
el Dios de un pueblo, su pueblo que él ha defendido contra
sus enemigos. Aún más, se comprende la trágica
grandeza de un pueblo que vive en la diáspora, sin armas
y con frecuencia sin poder rodeado por gentiles no siempre
demasiado gentiles. Su única esperanza era la protección
de su Dios.
La tensión se percibe desde el principio. La Biblia, como
libro religioso, pertenece indudablemente a las tribus de Israel
pero las escrituras sagradas cristianas no pertenecen a ningún
pueblo en particular, ni tan siquiera como libro religioso. El cristianismo
no es una religión étnica y este es el punto. No era
obvio al principio. ¿Qué derecho tenemos a pensar
que el mensaje de aquel hebreo debía trascender de los confines
de Judea y Galilea? ¿No se hizo acaso discípulo de
Juan el Bautista para recorrer el sendero de la conversión
del corazón? Insisto: del corazón. ¿No
fue quizás también él un joven rabino que pensaba
haber sido mandado solamente para el pueblo de Israel, por lo que
fue necesario el amor de una madre por su hija[4] para romper aquella
ortodoxia? ¿No creció también él
en sabiduría (Lc II, 51)? ¿No fue repudiado por su
propio pueblo y crucificado fuera de la Ciudad Santa, como ponen
de relieve, y no por azar, los cristianos de la primera generación?
Y, sobre todo, ¿no resucitó al tercer día,
como símbolo universal? Sin embargo, en Cristo no hay ni
judío, ni griego, ni esclavo, ni libre, ni tampoco varón
o mujer (Gal III, 28); los Evangelios no son la historia de Jesús,
el hebreo, son, por el contrario, narraciones de Jesús el
Cristo, el Resucitado.
El cristianismo no es una religión del Libro, sino de la
Palabra. La palabra necesita ser escuchada. Hay una cierta ironía
en el hecho de que la divina Providencia haya dispuesto que nosotros,
de hecho, no conozcamos una sola frase de Jesús. Tomás
de Aquino sostiene, magníficamente, que fue conveniente que
Jesús no escribiera nada, de lo contrario su mensaje viviente
se habría convertido en mera doctrina (Summa Teologica
III, q. 42. u. 4).
Vuelvo a lo dicho al principio. Es comprensible que aquellos que
se sienten revestidos de la responsabilidad de custodiar la pureza
de la doctrina no se dejen convencer fácilmente de las buenas
intenciones de los teólogos que van más allá
de las fronteras establecidas. Es una situación análoga
de la mujer siro-fenicia: las disquisiciones en las que falta el
amor crean confusión, si no daño. Quiero decir que
no debemos aproximarnos al problema con actitud dialéctica,
es decir puramente doctrinal. Las palabras de vida eterna
se le conceden gratuitamente a los que tienen sed verdadera. Para
los doctos y los ricos es más difícil. Nosotros no
podemos ni reducir el cristianismo a una doctrina, ni eliminar de
las Sagradas Escrituras su contenido místico, sin por ello
prescindir de la doctrina misma. El único mensaje del Cristo
Resucitado fue darnos paz y liberarnos del miedo.
Por decirlo de una forma más académica: estamos
asistiendo a la crisis del mito que domina a occidente, o sea que
una sola cultura sea suficiente para abarcar la entera gama de la
experiencia humana. Sobre la base de ese mito reyes, emperadores,
papas, presidentes, gobiernos y ejércitos, de buena fe,
han abrazado el proyecto de unificación política,
religiosa o económica del mundo. El nombre del proyecto fue
colonialismo; ahora toma otros nombres: globalización, éticas
globales, ciencia universal y cosas por el estilo. Ahora el mito
está en crisis, si no a punto de derribarse. Lo católico
no es lo universal, ni doctrinal, ni geográfico, ni histórico:
es la plenitud a la que está llamado todo ser (Jn I,16).
[1] S'ruti: Audición; los textos sagrados eternos
de la revelación védica, sin comienzo en el tiempo,
compilados por los antiguos r,s,is, quienes los habrían
oído [N.T.]
[2] La tierra habitada, el mundo conocido y, por tanto, el universo
[NT]
[3] No puedo resistir la tentación de citar a Ovidio en
su original latino (aunque en moderno norteamericano sonaría
más familiar):
Gentibus est aliis tellus data limite certo
Romanae spatium est urbis et orbis idem (Fasti III,
683/684)
[A los otros pueblos la tierra les es dada con fronteras fijas,
para los romanos el espacio de la urbe y del mundo es la misma cosa]
[4] "Una mujer cananea[siro-fenicia] de aquellos contornos
comenzó a gritar, diciendo: Ten piedad de mí,
Señor, Hijo de David; mi hija es malamente atormentada por
el demonio [...] Jesús respondió y dijo: No
he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Mas ella, acercándose, se postró ante él, diciendo:
¡Señor, socórreme!". Contestó
él y dijo: No es bueno tomar el pan de los hijos y
arrojarlo, a los perrillos. Mas ella dijo: Cierto, Señor,
pero también los perrillos comen de las migajas que caen
de la mesa de sus señores. Entonces Jesús le
dijo: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo
como tú quieres. Y desde aquella hora quedó
curada su hija." (Mt XV, 22 ss.)
Raimon Panikkar
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