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ICONOS DEL MISTERIO
La experiencia de Dios
Quien ha sentido la experiencia de Dios, de una
manera o de otra, ha perdido su identidad diferencial. Sólo
le queda su identidad idéntica.
La experiencia de Dios se vive entonces como genitivo subjetivo.
No es mi experiencia de Dios. Dios no es ni un bojeto-ni de fe ni
de experiencia.
Es la experiencia de Dios que transita (ex-perici) en mí,
de la que yo participo más o menos conscientemente. Aunque
en este sentido la frase es inexacta pues decir que Dios have la
experiencia de mí mismo necesita la precisión trinitaria:
el Hijo en el Espíritu, es esta experiencia divina.
Nuestra experiencia de Dios es la autoconsciencia divina en la que
nosotros participamos-formando parte del Christus totus según
el lenguaje cristiano. Ésta es la divinización.
De ahí que "el hombre de Dios", por utilizar una
expresión tradicional, no tenga una identidad que le diferencie
de los otros. Su identidad lo identifica más con toda la
humanidad y con el universo entero -se siente más judío
con los judíos, más griego con los griegos, por citar
a San Pablo-, más todo con todos.
Un ejemplo:" El hombre de Dios" no se siente identificado
ni limitado por ninguna etiqueta: español, indio, universitario,
filósofo, creyente, católico, sacerdote, masculino
-ni siquiera la de ser humano ni de viviente.
Ésta es la experiencia de la desnudez total de que hablan
los místicos. Para quien la etiqueta de "cristiano",
por ejemplo, le separa de los "no creyentes", confunde
la experiencia de Dios con la interpretación de esta experiencia.
Quien habla como "americano", como "científico",
como "varón", excepto en temas predeterminadamente
específicos, deja de lado o confunde la experiencia de Dios
con su experiencia de Dios. Esta experiencia no es el criticado
sentimiento oceánico, prelógico o primitivo. Es la
experiencia última y universal encarnada en lo concreto y
lo particular. La experiencia de Dios no es separable de la experiencia
del paseo con el amigo, de la comida que se comparte, del amor que
se tiene, de la idea que se defiende, de la conversación
que se establece, del dolor que se sufre -descubriendo en todo ello
una tercera dimensión de profundidad, de amor, de infinito,
y por tanto inefable. Es un descubrimiento que descubre el valor
que cubría lo más profundo y real de nuestros actos
humanos.
La experiencia de Dios es sencillamente la experiencia de la tercera
dimensión de la realidad que se puede "sentir"
en la vivencia profunda de cualquier actividad humana, sea entre
las cosas, en medio de los hombres, o concentrado en el mundo de
las ideas.
En esta experiencia se vive la dimensión de vacuidad de todas
las cosas, que no es su nihilidad. Las cosas son reales, pero revelan
como un vacío, una ausencia, unmás si se quiere, pero
que no es un "algo más", sino acaso un "algo
menos" que la absolutización de la cosa o evento que
vivimos un algo menos que la substantivación (en sí)
de la cosa o el evento. De ahí la Gelassenheit (desasimiento),
la "santa indiferencia", el asakti (no apegamiento,
independencia), el wu wei (la no acción), como la
actitud fundamental del místico, si por ese nombre llamamos
a quien
tiene abierto el tercer ojo.
Repetimos que esta visión (del tercer ojo) sin la de las
otras dos dimensiones es simple alucinación.
Pero debemos aún añadir que la interpretación
de esta experiencia depende del complejo cultural del interpretante.
Una de estas interpretaciones es la que le da el nombre de "Dios"-al
que se da, a su vez, una gran variedad de acepciones.
Una precisión se impone. Esto no es panteísmo, ni
siquiera panenteísmo- a no ser que éste sea completado
por un "panenpsiquismo" y "panen-
cosmismo". Todo está en Dios, análogamente a
como todo está en la Consciencia y en el Universo. Cada una
de estas dimensiones está imbricada en la otra. Es lo que
hemos llamado experiencia cosmoteándrica, la perichôrêsis
de lo real, la vida de la Trinidad radical.
Basta la práctica del silencio para poder "escuchar"
la música de esta tercera dimensión- aunque la palabra
"basta" no significa que el poder de hacer este silencio
no sea ya una gracia.
En este sentido la experiencia de Dios coincide en ver a Dios "en"
todas las cosas y al mismo tiempo a todas las cosas "en"
Dios -si es éste el nombre que le queremos dar.
Se comprende entonces que el místico sea el hombre más
libremente activo. Actúa libremente porque ve en todas las
cosas y aconteciemientos un "espacio" vacío que
le impide ser fatalista y le hace posible actuar con aquella confianza
que le permite creer que lo que hace no es en vano aunque no juzgue
su acción por sus efectos inmediatos (el nais karma
de la Gïtä).
La experiencia de Dios entonces no distrae de los quehaceres cotidianos,
sean estos los que fueren. No es una experiencia de un objeto llamado
Dios. Dios no es una cosa. Es una experiencia de la realidad en
sus tres dimensiones constitutivas.
Utilizando otro lenguaje podríamos decir que es a la vez
la experiencia de la cosa, de nosotros mismos entrañados
en la cosa y de Dios "abrazando" ambos. Es la experiencia
del icono cosmoteándrico de la realidad en aquel momento
del espacio y del tiempo, bajo nuestra perspectiva personal y a
la luz de nuestra visión limitada y concreta.
Hemos dicho que la experiencia de Dios debe entenderse como genitivo
subjetivo, esto es, como la experiencia que Dios tiene no de un
sí mismo solipsista sino de un Ser trinitario y por tanto
relacional y participativo en el que nosotros y toda la creación
también entramos.
Esta experiencia, vista desde esta orilla, experimentada desde nosotros
consiste en la recuperación de nuestro estado original, a
saber, natural- que en vocabulario tradicional es el estado paradisíaco
antes del pecado original. Y con esto decidimos que el camino es
redención, liberación, realización.
Este estado original, que aunque sea originario en nosotros no es
el que se nos da, debe recuperarse, restaurarse dirían los
victorinos del siglo XII.
En este estado se experimenta lo que la sabiduría griega
citada por San Pablo nos dice cuando recuerda que "en él
nos movemos, vivimos y somos" (Act XVII, 28).
No es la llamada "presencia de Dios" como la "prae-essentia"
de un Ser delante de nosotros, sino la experiencia más interna
y personal, no de como siendo movidos por otro sino conscientes
de que la fuente de nuestras acciones y el último sujeto
de nuestro ser pertenece a aquel pé lago infinito que llamamos
Dios.
Repetimos que no es posible la experiencia de Dios transcendente:
mancharíamosm su inmaculada transcendencia. La experiencia
requiere inmediatez. Lo que ocurre es que "este Dios no existe";
es una proyección de nuestra mente fruto de una civilización
monárquica.
El Dios triniatrio es otra cosa; nosotros estamos involucrados en
la perichôrêsis divina. Me experiencio entonces
como "hijo" (por seguir la nomenclatura tradicional, que
como Tomás de Aquino hace notar, es sólo una metáfora
y que por eso el Evangelista Juan habla del Verbo y no del
Hijo (Compendium Theol I., 40; Sum Theol. I Q. 27,
a. 2).
Esta experiencia de Dios es la experiencia de nuestro Yo profundo,
que paradójicament somos lo más íntimamente
nuestro al mismo tiempo superior a nosotros. La condición
es ser puros de corazón.
La experiencia de Dios consiste en tocar con la totalidad de nuestro
ser la totalidad del Ser-sentir en nuestro cuerpo, nuestra mente
y nuestro espíritu la entera realidad en nosotros y fuera
de nosostros. Y esto paradójicamente es la experiencia de
la contingencia: tocamos en un punto el infinito (cum tangere).
La experiencia de Dios es la experiencia del Misterio que dirige
nuestras vidas desde dentro y desde fuera.
©Raimon Panikkar
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ICONOS DEL MISTERIO: LA EXPERIENCIA DE DIOS
de PANIKKAR, RAIMON
EDICIONES PENINSULA, S.A.
15.0x22.0 cm 128 pags
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788483071465
Colección: ATALAYA
Nº Edición: 1ª
Año de edición: 1998
Plaza edición: BARCELONA
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