|
ICONOS DEL MISTERIO
VII. Momentos cruciales de la vida.
El tiempo no es homogéneo ni la vida humana
una sucesión indeferenciada de acontecimientos. Hay momentos
especiales en la vida de cada
hombre, así como momentos de un mayor peso en la misma vida
humana.
El nacimiento, una muerte, la iniciación, el matrimonio,
una enfermedad, un encuentro, un amor, el descubrimiento deslumbrador
de una experiencia estética o intelectual y tantos otros acontecimientos
en la vida humana nos despiertan a una dimensión que a veces
parecía adormecida en lo más recóndito de nuestro ser. No imaginábamos
que pudiéramos vivir con tanta intensidad y profundidad.
Muchas veces es claramente una experiencia de tipo religioso. Otras
veces lo que "experienciamos" no consuena con lo que habitualmente
se llama ni Dios ni religión. Nos inclinamos a pensar que estas
experiencias aparentemente más lejanas de una interpretación
"religiosa" son tan auténticas como las denominadas tales. Generalmente estos momentos festivos
o de luto son objeto de celebración. La fiesta es el lugar
natural de encuentro con lo numinoso.
A Dios no se le puede encerrar en ningún templo, aunque no
deberíamos por eso ser tan iconoclastas como para dictaminar
dónde y dónde no
debe lo divino fijar su morada. También nosotros somos templos
del Espíritu Santo.
La llamada "santificación de las fiestas" -y toda
religión tiene sus festividades- no puede reducirse al atavismo
de la prohibición de "trabajos serviles" -que en
aquel entonces se hizo precisamente en defensa del pobre. La tal
santificación nos vuelve a recordar que Dios es el Dios de
la fiesta y que la celebración es un lugar privilegiado para
encontrar a Dios.
Ya hablamos de la alegría. La fiesta subraya el carácter
comunitario de la alegría, la participación, el intercambio
entre los tres mundos: el material, el humano y el divino.
Estos momentos que he llamado cruciales, porque entre otras cosas
nos revelan una encrucijada, son momentos de discontinuidad por
decirlo así y de una manera existencial nos pone delante
de lo que algunos escolásticos llamaron "creación
continua" y los buddhistas la constante recreación de
todo, puesto que no hay substancias permanentes. Los mismos Evangelios
nos hablan no sólo de un cielo nuevo sino también
de una tierra nueva-que no hace falta interpretar sólo escatológicamente.
Uno de los rasgos fenomenológicos de Dios es la de ser novedad
y para nosotros siempre sorprendente. Si no tuviera temor de ser
demasiado paradójico (sin explicaciones más prolijas)
diría que la capacidad de sorpresa y de admiración
es poco menos que un presupuesto para la experiencia de Dios-que
no se deja aprisionar ni en moldes físicos ni metafísicos.
El Dios del pasado es un simple "constructo" de la mente
y no el "Dios vivo".
Entre estos momentos sobresale la muerte en todos sus aspectos.
La muerte es indiscutiblemente un punto de encuentro con el misterio.
Sobre la muerte personal no podemos tener una experiencia, pero
sí sobre la muerte de los demás, en especial de los
seres que amamos. Este amor, como ya insinuamos, nos libera del encapsulamiento individualístico.
La muerte de un ser querido nos revela que nuestro yo no termina
ni con nuestro cuerpo ni con nuestra individualidad. No es la vivenciade
la muerte de otro (que no podemos hacer) sino la experiencia de
algo que muere también en nosotros, que nos pertenece y de lo que podemos
tener una conciencia plenamente despierta puesto que el sujeto de
la experiencia sigue viviendo. No decimos que lo misterioso, lo inefable, lo incomprensible
sea ya por sí mismo idéntico a la experiencia de Dios,
pero sí que es un lugar privilegiado de tal experiencia.
Pero hay más, la muerte no es solamente un fenómeno
fisiológico. La muerte del ego, de la que hablan prácticamente
todas las espiritualidades de la tierra, es algo muy real. El jïvanmukta, el resucitad,
el confirmado en gracia, el realizado, quien ha muerto al hombre
viejo o superado ontológicamente su egoísmo, está en disposición
para la experiencia de Dios. Hay que ser "nada" para experienciar
en nosotros al Creador de la nada.
Al hablar de momentos cruciales no pensamos sólo en aquello
que Stefan Zweig llamaba momentos estelares de la humanidad, esto
es, en acontecimientos sinaíticos, jordánicos, budhgáyicos,
vrindabánicos y demás hechos de transcendentalidad
histórica, tanto de la sociedad como personal. Pensamos también en aquellos momentos que llamaría
intersticiales y sin ninguna transcendencia aparentemente histórica
ni personal.
Son aquellos momentos humildes, pequeños, que parece que
se escurren entre dos actos al parecer mucho más importantes
de la vida: Hemos perdido un tren, un correo no llega, una visita
se retrasa, un café tomado deprisa está demasiado
caliente, y llegamos tarde a la cita,... Estamos "perdiendo
el tiempo" y todo parece como si la dimensión divina
de la realidad se hubiera escondido en aquella nimiedad. Escrito
está que Dios es un ser escondido -cuyo tabernáculo
está en las tinieblas y cuya distracción consiste
en juguetear en tre los hombres sin excluir los pucheros, ni siquiera
el sexo. No hace falta que sea una caída de caballo o el
encuentro con un ángel. A veces basta un mero tropezón
en la calle: "el Dios de las cosas pequeñas". A
veces nos coge "desprovistos" y a veces nos provee deenergía
e inspiración. Ni el reino de Dios viene con fanfarra ni
el novio ni el ladrón acuden a la hora prevista. Posiblemente
no hagan falta más explicaciones. Algunas escuelas de espiritualidad
lo llamaban "la práctica de la Presencia de Dios".
©Raimon Panikkar
|
|
ICONOS DEL MISTERIO: LA EXPERIENCIA DE DIOS
de PANIKKAR, RAIMON
EDICIONES PENINSULA, S.A.
15.0x22.0 cm 128 pags
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788483071465
Colección: ATALAYA
Nº Edición: 1ª
Año de edición: 1998
Plaza edición: BARCELONA
|
|