|
LA PALABRA MÍSTICA
Capítulo 4. DE LA MÍSTICA. Experiencia plena de la
Vida
Sería ingenuo y pretencioso, a la par que
erróneo, presentar la experiencia mística como el
remedio a todas las perplejidades actuales de la filosofia, o como
la panacea a los males de la humanidad. Pero sería
igualmente irresponsable minimizar la importancia de la crítica
al reduccionismo racional (y no sólo racionalista) que la
experiencia mística lleva implícita consigo. El último
recurso del hombre está en su experiencia. Pero esta experiecia
no puede encajonarse en la subjetividad individual ni refugiarse
en una objetividad meramente transcendente. Los problemas permanecen
abiertos, pero el horizonte humano se descongestiona. La mística,
bien entendida, es el reino de la libertad : libera al hombre tanto
de sus condicionantes transcendentes como inmanentes, sin dejarle
caer, por otra parte, en un libertinaje anárquico, puesto
que le abre el camino para realizar su identidad. ¿Quiénes
somos?, sería acaso el planteamiento más breve del
problema- como intentaremos explicar.
Lo místico aflora cuando el hombre se percata
(de captare) de que la palabra revela no sólo lo que
la palabra dice, sino que el mismo decir viene recubierto de un
único velo que la misma palabra no puede desvelar, puesto
que ella misma es el velo que re-vela la realidad precisamente velándola.
Se dice lo que se esconde en el decir. Por eso se ha dicho que la
mística es causa o efecto de la crisis del lenguaje. Esta
afirmación surge del seno de la modernidad, que ha aceptado
el nominalismo como mito englobante. Cuando las palabras se consideran
tan sólo como signos, esto es, como designaciones más
o menos arbitrarias de las cosas, la mística aparece ciertamente
como crisis del lenguaje, puesto que la mística, cuando sale
de su silencio, contesta (interpela) esta afirmación valiéndose
del mismo lenguaje. Prueba de ello es la interpretación de
los Nombres de Dios de las místicas monoteístas, que
hace tambalearse al positivismo nominalista, dado que el Nombre
de Dios no es visto como una mera etiqueta. Pero tenemos el
Nombre!, gritaba gozosamente aquel genial cordobés
del siglo XII, Mosheh ben Maimon (Maimónides). Las elucubraciones
sobre las palabras de los Brahmana indios y de la Kaballah judía,
por ejemplo, son algo más que mera logomaquia si se interpretan
en su propio contexto- a pesar de sus evidentes exageraciones. En
la mayoría de las culturas, la función natural de
la palabra es la de velar y desvelar la realidad-velando
al mismo tiempo por su integridad-,como acabamos de decir. Un padre
de la Iglesia cristiana aduce la sugestiva comparación de
los vestidos femeninos, cuya atracción consiste en velar
y des-velar la belleza del cuerpo. La auténtica palabra vela
y des-vela la gloria ( doxa) de lo real. La mística es esta
visión-para la que se requieren todos los sentidos despiertos.
Como aún diremos, posiblemente Gregorio de Nisa no conocía
un himno del Rg Veda que canta: La palabra se revela a algunos
como una novia engalanada que se entrega a su esposo. ¿No
serían los místicos estos algunos, precisamente
aquellos capaces de enamorarse?
En el Principio era la Palabra,dicen
varios textos sagrados tanto indios, cristianos como africanos;
pero la Palabra no es el Principio. El místico aspira a este
Principio de la Palabra. Este Principio anterior a la
Palabra (que era en el Principio), pero no separable de ella, es
el Silencio. Dios era silencio y no sólo estaba en el Silencio,
dice un texto (generalmente mal traducido) de la Biblia, reportando
la experiencia del profeta Elías. Por esto los verdaderos
místicos no se inquietan por desvelar el misterio, porque
aunque le quitasen el velo, ni los ojos de los sentidos, ni los
de la mente verían nada. Pero la nada es peligrosa. En la
mística no hay camino, dicen Abhinavagupta y Juan de la Cruz,
entre otros muchos. No hay senda indicada porque toda es meta. De
ahí el gran peligro de la mística: el peligro de todas
las cosas últimas (y esto es lo real) que, por serlo, no
permiten ningún otro criterio meta-real. En la realidad,
la verdad es criterio de sí misma-no hay una meta-verdad.
Por algo decían los escolásticos que es un transcendental.
Por eso la mística no tiene criterio extrínseco
de verdad más allá de la propia experiencia. Lo que
sí, en cambio, puede desvelarse es la pseudo-mística.
Ésta se auto-traiciona como cuando se dispara un dispositivo
de seguridad pasando a través de él con un simple
manojo de llaves. La mística auténtica no tiene, ni
necesita, llaves de interpretación ni de certeza. Ay
de vosotros que os habéis llevado la llave del conocimiento,
dice Jesús a los legistas. Hay que usar la llave para abrirse
al conocimiento ( función del maestro ), pero una vez descorrido
el cerrojo ya no hace falta la llave: resulta inútil. Puede
decirse lo que es mística más allá de sentir
su Presencia- acaso oyendo su música callada,
oliendo su perfume inaprensible y vislumbrando su luminosidad deslumbrante.
He aquí la traducción de un poeta místico,
Rabindranath Tagore, traduciendo a otro místico, el tejedor,
posiblemente analfabeto y uno de los primeros que en el siglo XV
transciende las diferencias confesionales, Kabïr:
It is the music of the meeting of soul with soul;
It is the music of the forgetting of sorrows;
It is the music that transcends all coming in and all going forth.
Es la música del encuentro de alma a alma,
Es la música que hace olvidar todo el dolor,
Es la música que transciende toda ida y venida.
A Dios no le ha visto nadie, dice San Juan haciéndose
eco de una larga tradición. El silencio es una categoría
mística fundamental -como acentúa el buddhismo. El
último velo de la realidad no puede ser desvelado, esto es,
objetivado, aunque lo místico no sea tampoco pura subjetividad.
La realidad no puede ser puramente objetiva (estamos en ella ) ni
meramente subjetiva (nos transciende ). La mística sigue
atrayendo por su misma peligrosidad y ambigüedad. Sat-asat-anirvacanïya,
inexpresabilidad (entre ) Ser y no-Ser, dice el Vedänta.
El pürvapaksin (el objetante) de la tradición
índica, o el videtur quod (la primera apariencia) de la escolástica
podrían objetar que la realidad no tiene velos y que por
eso la llamamos realidad o Ser. Ésta
es la tentación de una cierta mística (pseudo-filosófica):
pretender quitar todos los velos. A lo que el sed contra
responde que, ciertamente, nos referimos a la realidad desnuda con
la palabra Ser, pero que no podemos decirlo sin pensarlo-puesto
que si lo decimos, de alguna manera ya lo pensamos. Pero al decirlo
estamos ya cubriendo la realidad con el velo de la palabra-encubriéndola
además con nuestra interpretación. El místico
responde que no hace falta decirlo o, simplemente, se calla- cierra
la boca. Pero dar la callada por respuesta ya es una
respuesta, como aprendieron los discípulos del Buddha y que,
al parecer, Pilatos no comprendió del silencio del Nazareno.
La palabra mística vela y revela.
Estamos ya tocando un problema candente de la mística. Cuando
el místico confiesa que comulga con lo que otro místico
dice, es que ha creído entrar en comunión con lo que
el otro quiere decir ( que está re-velado en lo que dice
).La sola inteligencia no penetra ecir. Sólo quien le quiere
(ama) podrá penetrar en lo que el otro quiere (y dice ).
Pero este querer no interpreta- y por eso no juzga. Sólo
quien ama no juzga- como insistiremos aún. Cuando Jesús
nos conmina a no juzgar, nos invita a la visión mística-
que ve ( y por tanto discierne ) pero no juzga. Algo así
apuntaba J.Krishnamurti. Por eso el místico calla- y Buddha
no responde a lo que en su tiempo se consideraban las cuestiones
metafísicas más importantes. Pero ¿qué
hay en este Silencio? O no se responde o no hay que decir que no
hay nada: hay ausencia de Palabra. Pero ¿hay también
ausencia de Ser? No podemos distinguir el Ser de la Nada. ¿Con
qué ( que no fuera ya Ser) lo íbamos a distinguir?
Pero tampoco podemos afirmar que sean lo mismo,pues
como dice Upanisad: Llegamos a un nivel en el que las palabras
retornan (nivartante) a la misma mente que las piensa. Volveremos
sobre ello, aunque indirectamente.
©Raimon Panikkar
|