NUEVE MODOS DE NO HABLAR DE DIOS

 

Los siguientes nueve puntos son un intento de contribuir a resolver un conflicto que desgarra a muchos de nuestros contemporáneos. Parecería, de hecho, que mucha gente no logra solucionar el siguiente dilema: si creer en una caricatura de Dios que no es sino una proyección de nuestros deseos insatisfechos, o creer absolutamente en nada y, consecuentemente, ni aun en uno mismo. Al menos desde Parménides, la mayor parte de la cultura Occidental ha estado centrada en la experiencia-límite del Ser y la Plenitud. Un gran parte de la cultura Oriental, por otra parte, al menos desde las Upanishads, está centrada en la consciencia-límite de la Nada y el Vacío. La primera es atraída por la palabra de las cosas como ellas nos revelan la trascendencia de la Realidad. La otra está atraída por el mundo del sujeto, el cual nos revela la impermanencia de la última Realidad. Ambas están preocupadas por el problema de la "ultimidad", a la que muchas tradiciones han llamado Dios. Las breves nueve reflexiones que presento no dicen nada de Dios. En su lugar, simplemente esperan indicar las circunstanciasen las que el discurso sobre Dios podría ser adecuado y mostrar por sí mismo ser fecundo, si tan sólo nos ayudara a vivir nuestras vidas más total y libremente. Esto no es ofrecido como una excusa sino tal vez como la más profunda intuición: no podemos hablar de Dios como lo hacemos de las otras cosas. Es importante que tomemos en cuenta el hecho de que la mayoría de las tradiciones humanas hablan de Dios únicamente en el vocativo. Dios es una invocación. Mi reflexión de nueve aspectos es un esfuerzo por formular nueve puntos que, me parece, deberían ser aceptados como las bases para un diálogo que la conversación humana no puede por más tiempo reprimir, a menos que aceptemos ser reducidos a nada más que robots completamente programados. En cada punto he agregado tan sólo unas pocas consideraciones, concluyendo con una cita cristiana que sirve como una ilustración.

No podemos hablar de Dios sin haber logrado antes silencio interior.

Así como es necesario hacer uso de una cámara Geiger y matrices matemáticas para hablar inteligentemente sobre electrones, necesitamos tener una pureza de corazón que nos permita escuchar la Realidad sin ninguna interferencia de la propia búsqueda. Sin este silencio de proceso mental, no podemos elaborar ningún discurso de Dios que no sea reducible a simples extrapolaciones mentales. La pureza del corazón es equivalente a lo que en otras tradiciones se llama vacío – manteniéndose uno mismo abierto a la Realidad, sin ningún interés pragmático ni expectativas en una mano, o resentimientos o ideas preconcebidas en la otra. Sin tales condiciones, solamente estamos proyectando nuestras propias preocupaciones, buenas o malas. Si estamos buscando a Dios para hacer uso de lo divino para algo, estamos trastocando el orden de la Realidad. "Cuando desees, reza", dice el Evangelio, "ve a la parte más silente y profunda de tu casa".

Hablar de Dios es un discurso que es sui generis.

Es radicalmente diferente de un discurso sobre cualquier otra cosa, porque Dios no es una cosa. Hacer de Dios una cosa sería hacer de Dios un ídolo, aun cuando fuera solamente un ídolo de la mente. Si Dios fuera simplemente una cosa, oculta o superior, una proyección de nuestro pensamiento, no sería necesario usar tal nombre. Sería más preciso hablar de un superhombre, una supercausa, una metaenergía o pensamiento, o no sé qué. No sería necesario, para imaginar a arquitecto muy inteligente o un ingeniero extremadamente poderoso, usar el término Dios; sería necesario hablar de un super-desconocido detrás de aquellas cosas que no hemos llegado a conocerlas completamente. Este es el Dios de los huecos, cuyas estratégicas retiradas nos han sido reveladas durante las tres centurias pasadas. "No tomarás el nombre de Dios en vano", dice la Biblia.

El discurso sobre Dios es un discurso de nuestro entero ser.

No es asunto de sentimiento, razón, el cuerpo, ciencia, o filosofía y/o teología académica. El discurso sobre Dios no es una especialidad elitista de ninguna clase. La experiencia humana en todas las edades ha tratado siempre de expresar "alguna cosa" de otra, como son al fin de cuentas muchos de los fundamentos de todo, sin excluir nada. Dios, si Dios "existe", no es ni la izquierda ni la derecha, ni arriba o abajo, en el estricto sentido de estas palabras. Querer colocar a Dios en nuestro lado, como otras cosas, es simplemente una blasfemia. "Dios no es con respecto a las personas", dice San Pedro.

No es ningún discurso sobre ninguna iglesia, religión, o ciencia.

Dios no es el monopolio de ninguna tradición humana, aun de aquellas que se llaman a sí mismas teístas o que se consideran a sí mismas religiosas. Cada discurso que tratara de poner a Dios en una alguna ideología, cualesquiera sea, simplemente sería sectarismo. Es completamente legítimo definir el campo semántico de las palabras, pero limitar el campo de Dios a la idea que un grupo humano dado tiene de Dios, termina defendiendo una concepción sectaria de Dios. Si allí existe "algo" que corresponde a la palabra "Dios", no podemos confinarla en ningún apartheid. Dios es el todo (to pan); la Biblia Hebrea dice esto también, y las cristianas escrituras lo repiten.

Es un discurso que siempre toma lugar por medios de una creencia.

Es imposible hablar sin lenguaje. Igualmente, no hay lenguaje que no transporte una u otra creencia. Sin embargo, no deberíamos confundir el Dios del que hablamos, con el del lenguaje de la creencia que da expresión a Dios. Ahí existe una relación trascendental entre el Dios que el lenguaje simboliza y lo que realmente decimos de Dios. Las tradiciones occidentales han hablado frecuentemente de un mysterion –el cual no significa un enigma o lo desconocido. Cada lenguaje está relacionado y se enlaza a una cultura. Además, cada lenguaje depende del contexto concreto que nos provee su significado y sus límites al mismo tiempo. Necesitamos un dedo, ojos, y un telescopio para localizar la luna, pero no podemos identificar los medios de los que hacemos uso. Es necesario tener en cuenta la intrínseca adecuación de cada forma de expresión. Por ejemplo, las pruebas de la existencia de Dios que fueron desarrolladas durante el período del escolasticismo cristiano pueden demostrar solamente la no racionalidad de la existencia divina para aquéllos que ya creen en Dios. Por otra parte, ¿cómo podrían conocer que las pruebas demuestran lo que estaban buscando?

Es un discurso sobre un símbolo, no sobre un concepto.

Dios no puede ser el objeto de ningún conocimiento o creencia. Dios es un símbolo que es tanto revelado como oculto en el símbolo del que estamos hablando. El símbolo es un símbolo porque simboliza, no porque es interpretado como tal. No hay hermenéutica posible para un símbolo porque es en sí mismo hermenéutico. Lo que hacemos en orden de interpretar el así llamado símbolo es el verdadero símbolo. Si el lenguaje es solamente un instrumento para designar objetos, no habría discurso posible de Dios. Los seres humanos no hablamos simplemente para transmitir información, sino porque sentimos la necesidad intrínseca de hablar –esto es, vivir totalmente por la participación lingüística en una universo dado. "Nadie ha visto nunca a Dios", dice San Juan.

Hablar de Dios es, por necesidad, un discurso polisémico.

No puede estar limitado a discurso estrictamente analógico. No puede tener un primum analogatum puesto que no puede haber una meta-cultura fuera de la cual el discurso es constituido. Sería ya una cultura. Existen muchos conceptos sobre Dios, pero ninguno "concibe" a Dios. Esto significa que tratar de limitar, definir, o concebir a Dios es una empresa contradictoria: lo que produce sería solamente una creación de la mente, una creatura. "Dios es más grande que nuestro corazón", dice San Juan en una de sus epístolas.

Dios no es el único símbolo que indica lo que la palabra "Dios" desea transmitir.

El pluralismo es inherente, al menos mínimamente, en la condición humana. No podemos "entender" o significar lo que la palabra "Dios" significa en términos de una sola perspectiva o aun comenzando con un único principio de inteligibilidad. Aun la palabra "Dios" no es necesaria. Cada intento de absolutizar el símbolo "Dios" destruye no sólo relaciones con el divino misterio (el cual entonces no es absoluto –por ejemplo, más allá de cualquier relación), sino también con hombres y mujeres de otras culturas que no sienten la necesidad de este símbolo. Este reconocimiento de Dios siempre se logra en tándem con la experiencia de la contingencia humana y nuestra propia contingencia en el conocimiento de Dios.

Es un discurso que inevitablemente se completa a sí mismo en un nuevo silencio.

Un Dios que fuera completamente trascendente –además del hecho de que sería contradictorio esperar hablar sobre ese Dios- sería un hipótesis superflua, si no perversa. Un Dios completamente trascendente negaría la divina inmanencia al mismo tiempo que destruiría la trascendencia humana. El misterio divino es inefable y ningún discurso puede describirlo. Es característico de la experiencia humana reconocer que es limitada, no únicamente en un sentido lineal por el futuro, sino también intrínsecamente por su propio fundamento, el que es dado. Excepto sabiduría y amor, corporeidad y temporalidad están unidas, no hay experiencia. "Dios" es una palabra que agrada a mucha gente y desagrada a otras. Esta palabra, al romper el silencio del ser, nos permite redescubrirlo una vez más. Nosotros, que somos la ex-sistencia de una sistencia que nos permite prolongarnos (en el tiempo) , extendernos (en el espacio), substancial (con el resto del universo) cuando insistimos, en orden a vivir, en continuar con nuestra búsqueda, mientras resistimos la cobardía y la frivolidad, y subsistimos precisamente en ese misterio que muchos llaman Dios y otros prefieren no nombrar. "Quédate en silencio y conoce que Yo Soy Dios", declara el Salmo. Algunos reclamarán que, a pesar de todo lo que he dicho, tengo un idea muy precisa de Dios. Respondería que, mas bien, tengo una idea muy precisa de lo que Dios no es –y aun que esa idea cae bajo el ataque de la crítica de estos nueve puntos. Sin embargo, esto no constituye un círculo vicioso, sino mas bien un nuevo ejemplo del círculo vital de la Realidad. No podemos hablar de la Realidad mientras permanecemos fuera de ella, o fuera del pensamiento, como si pudiéramos amar sin amor. Quizás el misterio divino es lo que da un sentido a todas estas palabras. La más simple experiencia de lo divino consiste en devenir consciente de lo que quebranta nuestro aislamiento, al mismo tiempo que respeta nuestra soledad (identidad).

Una filosofía intercultural nos podría mostrar que otras civilizaciones, sin negar sus aspectos negativos, han tenido otros mitos que les han permitido tener una vida plena –evidentemente para aquéllos que han creído en ello. Pero aquí debemos añadir de inmediato que no se trata en manera alguna de idealizar el pasado o de ver sólo los aspectos positivos de otras culturas. Y esto es precisamente lo que nos lleva a la interculturalidad.

Polylog, Vol.1, Munich, 2000.
Publicat a: Ilu, Revista de Ciencias de las Religiones 1, 1996
Traducción: Daniel López Salort



Raimon Panikkar

 

 

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