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Católico, hindú, budista. Sacerdote
y secular. Hemos charlado con este incansable estudioso de la espiritualidad,
siempre a caballo entre dos mundos, Oriente y Occidente, recién
inaugurada en Valladolid la Casa de la India en España.
Con un kurta pajama naranja, los pies descalzos y una sonrisa profundamente
cálida, nos recibe el profesor Panikkar en su casa del Pirineo
catalán. Una masía forrada de libros donde se respira
una recóndita armonía. Ni televisión ni radio.
Católico, hindú y budista, sacerdote y secular al
mismo tiempo, Raimon Panikkar es un hombre luminoso de habla irónica
y libre, de espíritu comprensivo y corazón abierto
a quien le gusta inventar palabras a base de unir dos vocablos (algo
muy indio). Nacido en Barcelona en 1918, de madre católica
y padre hindú, ordenado sacerdote en 1946 y encardinado en
la diócesis de Varanasi (Benarés), en India. Doctor
en Química, en Filosofía y en Teología, en
1966 fue nombrado profesor en la Universidad de Harvard y durante
casi 30 años dividió su tiempo entre India y Estados
Unidos. Defensor a ultranza del diálogo interreligioso, dirige
toda esta labor a través de su Fundación
Vivarium en el mismo pueblo de Tavertet.
XLSemanal. Su padre era hindú y su madre, católica.
¿Qué educación recibió usted?
Raimon Panikkar. Mi madre tenía sentido de la libertad;
el hecho de que ya en 1916 se casase con un indio casi expulsado
de Inglaterra por sus actividades nacionalistas dice mucho. Y mi
padre me educó a la india, que es como decir
dejando hacer. Yo nunca he dirigido mis pasos, ha sido
el azar, acabé en la India (en la diócesis de Varanasi)
y descubrí mi otra mitad.
XL. ¿Se sintió hindú?
R.P. Yo me he sentido siempre indio y español. Soy occidental
y oriental. Por nacimiento y educación vivo experiencias
de la tradición occidental tanto cristiana como secular (porque
no pertenezco a ninguna orden) y de la india, tanto hindú
como budista. He necesitado tres cuartas partes de mi vida para
decir esto.
XL. ¿No se ha sentido...
R.P.
esquizofrénico? Lo he evitado yendo a las raíces
de ambas culturas. Lo principal es ser consciente de que no hay
una religión autosuficiente. Unos debemos aprender de los
otros.
XL. El Dalai Lama es un gran amigo suyo. Usted lo acogió
en Varanasi cuando lo expulsaron. ¿Cómo lo recuerda?
R.P. Fui una de las tres personas que lo recibimos en Sarnath,
tras dos meses viajando por la noche. Era un jovencito demacrado.
Yo vivía en Varanasi y lo iba a ver en bicicleta. Él
estaba en la casa de huéspedes de Sarnath. Había cientos
de refugiados tibetanos que querían verlo. Entonces asistí
a un momento trágico. Viví tres meses con los karmapa,
la otra gran secta tibetana, más antigua que la de los gelupa
(los seguidores del Dalai Lama) en un monasterio. Los chinos ofrecieron
al Tíbet la independencia con una condición: la mitad
para los chinos, la otra mitad para el Tíbet. Los de la mitad
china querían la libertad también. Yo, como me asimilo
con las personas, sufría; fue terrible.
XL. En su Fundación Vivarium habla de interculturalidad...
R.P. Lo que intento no es que todos seamos cristianos ni todos
hindúes. Buscamos un diálogo que nos fecunde mutuamente.
Ello no implica un totum revolutum, sino recibir y aprender sin
imponer. No se debe tener miedo de la diversidad. En Occidente se
teme a los musulmanes, pero en la India tienen miedo de los cristianos.
La paz no será nunca posible sin conocimiento del otro.
XL. Usted se dice un hombre de paz...
R.P. Sí, pero ésta no se puede imponer, se recibe.
Porque tengo una idea de paz te impongo mi democracia. Es algo peligroso.
XL. ¿Se puede uno acostumbrar a las guerras?
R.P. No, pero hoy la gente no llora, no se emociona. No vemos en
el otro toda la humanidad... Si uno hiere a tu madre, te sientes
mal. Si toco tu patria, te sientes herida. Cada alma posee muchas
ramificaciones y cuanto más sensible, más se extienden.
No soy insensible al dolor del mundo, pero no dejo que me avasalle.
XL. Usted siempre evitó la guerra.
R.P. Cuando estalló la guerra civil, me fui a Alemania porque
nos perseguían y estudié tres años en Bonn.
Luego, la Segunda Guerra Mundial me cogió en España.
La vida es irse liberando poco a poco; al final uno adquiere su
propia libertad, también en el terreno intelectual. Por ello,
me he dedicado a la filosofía para profundizar. He inventado
la palabra microdoxia. Los microdóxicos son los
que empequeñecen la doctrina, la reducen. Es lo que le sucede
a una parte de los cristianos. La tradición profunda cristiana
no es microdóxica. Cuando la Iglesia se convirtió
a Constantino y no Constantino a la Iglesia, arrinconamos el misterio
trinitario y nos convertimos en monoteístas, lo que es muy
útil para justificar un imperio, un emperador, un Papa, una
realidad piramidal. El cristianismo debe volver a sus bases.
XL. Ha criticado a la Iglesia. ¿Qué le parece
la nueva encíclica?
R.P. No la he leído todavía.
XL. Dios es amor.
R.P. Yo intento remozar el título: el amor es Dios y donde
hay auténtico amor, allí está la divinidad.
XL. ¿Le ha costado mucho a usted mirar sin juzgar?
R.P. Años, pero pienso que lo he conseguido. Y a descubrir
que lo que llamamos error es una verdad de la cual se
abusa.
XL. Usted defiende vivir cada momento, ¿en qué
sentido?
R.P. En el de vivir cada momento como algo único y, por
tanto, divino. Ese don de vivir el presente lo estamos perdiendo.
Vivir con intensidad no es vivir con aceleración, sino con
contemplación. Estamos demasiado angustiados proyectándonos
constantemente hacia un futuro incierto. Hemos destruido la espontaneidad.
Hemos convertido la vida en algo aburridísimo. La gente que
vive sin futuro es feliz. Si vives, intenta estrujar la vida al
máximo, pero con lo que tienes; sin querer convertir la existencia
en sueños que luego se frustran porque no tengo dinero o
talento, sin que por ello defienda la pasividad.
XL. Pero es a lo que invita la sociedad de hoy, a soñar.
R.P. Sin meditación, sin silencio, sin interioridad, no
se puede vivir. Una cosa es la esperanza y otra, la espera. Hay
que volver a experimentar la importancia de lo cualitativo frente
a la cuantitativo. Es el inicio de la paz.
XL. La sabiduría védica también tiene un
concepto de sacrificio profundo. Se dice que en India se vive la
pobreza de otra forma, casi de una forma resignadamente bella.
R.P. Una cosa es la pobreza y otra, la miseria. La miseria es desdichada;
la pobreza puede ser una bendición. Es no estar atado a nada,
ni siquiera a la vida. No tener miedo ni a la muerte.
XL. Parece que usted es pobre. ¿A qué le ha costado
más trabajo renunciar?
R.P. A mí mismo, pero cuando lo consigues, eres feliz. No
deseo nada. Aspiro a vivir con plenitud. La causa final es la primera
de las causas. Hacer todas las cosas para un fin es perder la inocencia,
ser utilitarista. Si uno puede contestar racionalmente a quien ama
cuando te pregunta: «¿Por qué me amas?»,
es que ya no lo amas. Las cosas reales (verdaderas) no tienen por
qué.
XL. ¿Es como la globalización?
R.P. A la Torre de Babel moderna la llaman globalización.
Es la versión laica del paraíso que queremos crear
en la Tierra: una democracia mundial, un capitalismo mundial, una
banca mundial. La globalización no funcionará. Ya
decía Pericles: «La democracia es sólo posible
donde el estratego, el jefe, conoce el nombre de todos los ciudadanos».
El paraíso está entre nosotros, en el amor de unos
a otros. Donde reina el ordenador no hay faz humana.
XL. Y ¿qué hay del diálogo entre Oriente y
Occidente?
R.P. Son dos mundos que se acercan y que se alejan. Permítame
un inciso: el 50 por ciento de la población mundial vive
con menos de dos euros al día. Esta visión monocentrista
elitista es la realidad que discuto. Estados Unidos tenía
hace un siglo una población del 75 por ciento de agricultores;
hoy son el dos por ciento, pero ello bastaría para alimentar
a toda la humanidad; sin embargo, no es rentable. La espiritualidad
no es optar por los pobres, sino por los derechos sociales. Un día
escuché al presidente de las Cámaras de Comercio de
Estados Unidos decir que «la humanidad había vivido
en las cavernas hasta que ellos descubrieron la democracia, la libertad
y el mercado mundial». Es aberrante, pero quienes creen esto
dominan por lo menos un cierto mundo.
XL. Pero el Primer Mundo se está acercando al Tercero...
R.P. Este Primer Mundo está sufriendo una crisis muy positiva
y la esperanza vendrá de esa crisis porque se ha tocado fondo.
En la India se ve Occidente como un paraíso donde toda mujer
es guapa, todo hombre es rico. Es cierto que existe un entusiasmo
claro de Occidente por Oriente, pero el de Oriente hacia Occidente
es mil veces mayor, roza con la adoración.
XL. Se ha inaugurado en España la Casa de la India, dice
usted que España e India son dos países a medio modernizar.
R.P. Hemos llegado tarde a la modernidad y esto es un punto de
esperanza y sabiduría. Son dos países preparados para
fecundarse, aunque están en un binario que no me convence,
el del comercio, pero a través de éste se puede llegar
a otras cosas. La Casa de la India intenta un conocimiento más
profundo. Permítame otro inciso filosófico. La gran
herejía moderna es la de haber escindido el conocimiento
del amor: pensar que se puede conocer sin amar es meramente cálculo.
Pensar que se puede amar sin conocer es sentimentalismo (puede durar
cinco meses).
XL. Señalaba que Occidente está agotado y se lo
culpabiliza de muchos males. Algo bueno habrá.
R.P. Es cierto que el mal hace mucho ruido. En Occidente está
lo peor, pero también lo mejor. Hay una minoría incluso
católica extraordinaria y, como han sufrido, han vivido una
experiencia real y han mantenido su fe. Un par de justos, dice la
tradición judía, aguanta al mundo. La epidemia mayor
y no sólo de Occidente, sino del mundo actual, es la superficialidad.
XL. Justamente la superficialidad puede ser ese impulso que
nos lleva a vivir una vida acelerada.
R.P. El mundo moderno, desde que se inició la ciencia de
Galileo, es una carrera cada vez más vertiginosa hacia la
aceleración. Se ha conseguido acelerar todo: las máquinas,
los transportes... pero el hombre no se puede acelerar. Nos falta
el espíritu contemplativo que permite que las cosas se sedimenten
naturalmente por su propio peso e importancia. La sociedad actual
está en crisis porque confunde lo urgente con lo importante.
La sabiduría es la que compagina ambas. En esto no hay recetas.
XL. Gran parte de nuestros males llegan con Descartes, dice usted.
¿A qué se refiere concretamente?
R.P. Todo empezó porque en la escuela de Descartes los dominicos
le decían una cosa y los jesuitas, otra. Como los dos tenían
autoridad, no se fio de nadie. Se metió en sí mismo
y buscaba la certeza, concluyendo con el cogito ergo sum famoso.
Sólo las ideas claras y distintas le dan certeza confundiéndola
con la verdad. Y eso influenció la intelectualidad del mundo:
de la preocupación por la certeza hemos pasado a la obsesión
por la seguridad.
XL. ¿Se refiere a Bush?
R.P. Evidentemente, o quien sea. Y con esa obsesión hacemos
guerras preventivas. En la tradición musulmana se decía:
«Si encuentro un desconocido, puede que sea un ángel»,
ahora lo hemos sustituido por un terrorista. Hemos progresado, ¿verdad?
XL. Usted dice que los islamistas son más tolerantes.
¿Qué quiere decir con esto?
R.P. Yo no defiendo a nadie, pero constato que el fundamentalismo
cristiano es mucho más peligroso, sutil e inteligente que
el islámico. Es un hecho histórico que el islam ha
sido más tolerante. Ahora hay pequeños grupos extremistas
que la prensa engrandece. Hay que tener muy claro que una fe fanática
no es fe. Es solamente fanatismo, pero esto es muy limitado. Indonesia,
Tailandia, India, Irán y Sudán son los países
con mayor número de musulmanes y no hay ni una gota de sangre
árabe.
XL. ¿Nunca ha tenido malas experiencias?
R.P. Sí, pero es igual. Si hiciste lo que tenías
que hacer, no hay motivo para arrepentirse.
XL. En su opinión, ¿qué es ese ateísmo
de hoy del que tanto se habla?
R.P. Creo que es más bien indiferentismo. El ateísmo
es una religión como cualquier otra. Y los que se llaman
ateos no son ateos, sino antimonoteístas.
XL. Usted ha tenido momentos de crisis que llegó a compartir
con el entonces cardenal Ratzinger. ¿Ha llegado a perder
su fuerza?
R.P. Todos tenemos momentos bajos pero nunca me he dejado dominar
por ellos; nunca me he obsesionado pensando: «He perdido el
equilibrio o mi cuerpo no puede más». Somos muy responsables
de nuestra salud, también demasiado machistas, tanto hombres
como mujeres.
XL. ¿En qué sentido?
R.P. Somos una civilización masculina. Hemos perdido la
gran capacidad de transformar lo que recibimos adaptándonos
a ello. Estamos siempre en guardia.
XL. Usted también dice que estamos aterrorizados y obsesionados
con el trabajo.
R.P. La palabra trabajo viene de tripalium, instrumento
de tortura. En castellano tenemos una bellísima palabra que
nos hemos dejado robar: faena es decir, hacer, crear,
construir. Crear una sociedad, eso debería ser el trabajo.
XL. Lo que me extraña es que en el algún momento
de su vida estuviera en el Opus Dei.
R.P. Cuando entré en Opus Dei, no tenía ni siquiera
nombre; era un grupo de amigos con un ideal: vivir el Evangelio
(del cual estoy cada día más enamorado) en la vida.
Luego se institucionalizó y su fundador aspiró a convertirlo
en organización.
XL. ¿Ha llegado usted a sentir el nirvana, la meta?
R.P. Quien dice que ha llegado es que no lo ha hecho. El nirvana
no es una reflexión. Yo tengo otra palabra más connatural
a la cultura cristiana: me siento resucitado porque vivo. Uno llega
a esta resurrección cuando permite la muerte, muerte a su
ego, a su egoísmo. La vida, como decían los Vedas,
no muere.
© Cristina Carrillo de Albornoz
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