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PRIMER TESTAMENTO
Salvador Pániker, 1990
20 de noviembre de 1942
Aniversario de la muerte de José Antonio. Festejos ridículos.
26 de diciembre de 1942
Voy al Opus y hablo con Escolá. No acaba de convencerme.
Visto en retrospectiva, resulta bastante inaudito el asalto proselitista
(por parte de los del Opus) a un muchacho de 15 años. Mi
hermano Raimon intentaba coaccionarme con variados medios. Me
decía: «tienes que dar un puñetazo encima de
la mesa, ahora mismo.» (Metáfora reveladora: relacionar
el camino de la «santidad» con un puñetazo. Era
lo que entonces se llamaba un «gesto de hombría».)
Me regalaba (mi hermano) libros de espiritualidad que yo no leía.
Tengo a mano uno de ellos, Jesucristo vida del alma, de dom
Columba Marmion, O.S.B., con la siguiente dedicatoria: «Perqué
no tinguis excusa.» Nada de aquello dio resultado; más
bien contribuyó a mi confusión general.
Naturalmente, con los años me he vuelto comprensivo. En el
Opus, como en todas partes, hay gente excelente y gente mediocre,
intuiciones profundas y aspectos penosos. No seré yo quien
descalifique globalmente a esa notable institución totémica.
Hablaré del Opus en algún próximo ejercicio,
y a propósito de un importante episodio de mi vida. (...)
Recuerdo ahora las visitas [por la casa familiar de Barcelona] del
sabio jesuita Enrique Heras, una autoridad mundial en la civilización
del valle del Indo, y, muy concretamente, en el descifre de las
ruinas de Mohenjo-Daro. El P. Heras había fundado, con mi
padre y con los doctores Almagro y Pericot, un «Instituto
Ibero Oriental». El P. Heras tenía unas grandísimas
barbas blancas que provocaban la infalible ironía de mossèn
Roquer, el filósofo catalán que entonces cortaba el
bacalao. Mi padre se reía mucho con los comentarios jocosos
del mossèn, y le decía: «usted es un hombre
que muerde.»
También recuerdo a Miguel Siguán, a Ramón Guardans,
a Laureano López Rodó y al resto de amigos de mi hermano
Raimon. Eran chicos que caían muy bien: tan brillantes
y tan cristianos. En aquel tiempo, mi hermano Raimon comenzaba
ya a tener fama de genio, y era el discípulo predilecto del
citado mossèn Roquer. Un tipo muy desconcertante el mossèn:
alto, guapo, inteligente, distinguido, rápido de mente, brillante
de palabra, nulo como escritor, excelente crítico, amigo
de los influyentes, claramente neurótico. Sus íntimos
amigos eran Julio Muñoz Ramonet, Alberto Puig Palau y el
doctor Puigvert: tres hombres de acción y multimillonarios,
cuando no playboys. Con mi hermano y con Rafael Calvo fundó
Arbor, la revista del Consejo Superior de Investigaciones Científicas;
con Alberto Puig fundó la Editorial Barna y la revista Revista.
En la comida de fraternidad laboral que mi padre daba cada año
con los empleados de la fábrica, venía el mossèn
acompañado de Antonio Correa Véglisson, entonces gobernador
civil de Barcelona. Correa Véglisson era tío de mi
amigo Fernando y llegó a ser muy popular en la provincia;
yo mismo vi cómo el público le aplaudía espontáneamente
en los baños de Castelldefels. Mi padre, en el brindis, hacía
un chiste sobre la «necesaria correa de transmisión»
entre el mundo de la empresa y la administración. El gobernador
permanecía impasible. (...)
Mi hermano Raimon hizo el bachillerato en los jesuitas de Barcelona,
comenzó estudios superiores al final de la República.
La guerra civil le llevó a Alemania, a la Universidad de
Bonn. En 1939, a punto de doctorarse, vino a España de vacaciones.
En bicicleta. Había dejado el grueso de su equipaje en Alemania,
pero ya no pudo regresar. Bruscamente daba comienzo la Segunda Guerra
Mundial. Mi hermano tuvo que quedarse en España a convalidar
sus estudios en ciencias químicas, en filosofía, en
teología. El último día del año 39 conoció
al padre Escrivá de Balaguer, y ya a partir de entonces se
decidió a colaborar como él mismo ha dicho
«con aquellos señores que entonces parecían
un grupo avanzado, sencillo y evangélico». Después
se hizo cura. Sus múltiples licenciaturas y doctorados, su
impresionante currículum académico, todo eso le condujo
a ser el director espiritual de alguna insignificante residencia
de estudiantes. A pesar de lo cual, fue consolidando su fama. Seguía
publicando, daba tandas de Ejercicios Espirituales, jugaba a ser
provocador.
Ya habían sido poco apreciadas sus recensiones
de libros de Rahner, Barth, Cullman. Su labor como director de
la colección «Patmos», donde había hecho
publicar ensayos de Guardini, Leclercq, Pieper, Holzner, Stolz,
Thibon y Guitton, era mirada más bien de reojo. Reflejaba
unas aperturas teológicas poco afines con las consignas
y estructuras de la época. El resultado fue una tensión
cada vez mayor; tensión que se manifestó en una
especie de diario espiritual que él iba escribiendo, de
contenido honesto y tono aleporioso, y que bajo el título
de Cometas publicó años más tarde, y en contra
de mi consejo. Así hasta que el prólogo a un libro
de Jean Guitton provocó una pastoral del cardenal Segura
y un procaz ataque por parte de los jesuitas (quién los
ve y quién los ha visto) en Razón y Fe. Entonces
vino el exilio.
Sus superiores lo mandaron a Roma. Luego a la India.
Se dio de baja (o lo echaron) del Opus Dei allá por la mitad
de los sesenta. Mantuvo casa en la India, pero fue a vivir a los
Estados Unidos donde ganó una cátedra de religiones
comparadas, primero en Harvard, luego en Santa Bárbara.
¿Dejó de ser cura? Depende de lo que entendamos por
ser cura. Pero le había quedado como una segunda naturaleza,
una brecha mal cicatrizada, y tuvo que hacer malabarismos ecuménicos
para tenerse en pie. Uno tiene la impresión de que, a partir
de cierta fecha, mi hermano se fue quedando como seco, descontextualizado,
errático, vacío, herido en su carisma, mal avenido
con sus obsesiones.
Sea como fuere, mi hermano ha tenido una vida interesante y descompensada,
intelectualmente rica. También cerrada. Cerrada en su propio
carácter y en su educación dogmática. Adicto
a su propio rol (con escaso oxígeno crítico), se diría
que se las arregla mal con su lucidez, con su insuficiente lucidez.
Uno de sus mayores handicaps es que nunca ha sabido escribir. Se
puede ser brillante, profundo y obstinado, incluso genial, y no
tener sintaxis propia. Son cosas diferentes. Conozco buenos escritores
que son medio tontos. Y gente listísima que no sabe escribir.
Lo característico de un buen escritor es su condición
de medium: alguien que permite que el lenguaje se diga a sí
mismo, se desarrolle, se dialectice, se transubstancie, se autosupere.
Mi hermano aprendió, tal vez, demasiados idiomas, y, como
consecuencia, se quedó sin lenguaje. O quizá no fuera
esto. (Pienso ahora en Arthur Koestler, que también sabía
muchos idiomas, lo cual no le impedía escribir como le daba
la gana.) Quizá ha influido su carácter tan egocentrado,
o la falta de lecturas literarias, o la deformación escolástica,
o el caparazón de represiones juveniles. Y quizá sea
ésta la razón por la que mi hermano no se haya enfrentado
todavía con el disparate de su propia vida. Dicho sea sin
animosidad, puesto que todos somos hijos de algún complejo
eco-bio-sociológico, y nuestra responsabilidad es limitada.
En todo caso, mi hermano no ha hecho su autocrítica. Al menos
no la ha escrito. Y es evidente que tiene mucho de qué autocriticarse.
Ello es que mi hermano se ha pasado la vida defendiendo apasionadamente
cosas, causas; o sea, forcejeando con sus propias proyecciones.
Ahora bien; sólo se defiende apasionadamente aquello que,
en el fondo, no se cree. Si no, ¿a santo de qué la
pasión? En el caso de mi hermano, la pasión y la energía
le ganaron siempre a la lucidez. (Exactamente lo contrario que a
mí.) Fundó el Opus en Barcelona (entre otros fichajes
suyos, cabe destacar los de Laureano López Rodó y,
creo, Luis Valls Taberner); pero comenzó a ser un personaje
incómodo, incluso para los suyos, hacia el final de los años
cuarenta, precisamente cuando el padre Escrivá se estableció
definitivamente en Roma y la Obra optó por una orientación
más jurídica que evangélica. Entonces las dificultades
aumentaron.
Ya digo que Raimon se había convertido en un sacerdote
de moda, un indiscutible chamán. Dio más de doscientas
tandas de Ejercicios Espirituales. Eran unas tandas muy carismáticas:
puedo asegurarlo porque asistí a una de ellas. Pero las cosas
se le pusieron paulatinamente difíciles. En su complicado
mecanismo proyectivo, Raimon tenía que compensar el dogmatismo
cristiano con actitudes aparentemente más rebeldes. «El
cristianismo decía no es un humanismo.»
Y no es un humanismo porque no es antropocéntrico. Hasta
aquí, bien. Luego venía la justificación teológica,
el dogma del pecado original que lo ensombrecía todo. El
hombre, dejado a sus propias fuerzas, ni siquiera puede comportarse
como hombre. Raimon, en tanto que cristiano, le volvía
la espalda a la gnosis y en vez de conectar con la libertad inmanente
que permite trascender la condición humana, enfatizaba la
impotencia, el abismo que separa a Dios del hombre. La supuesta
superación del humanismo no servía para saltar a la
mística sino para mantener el pesimismo antropológico
de san Agustín.
O sea que tampoco era tan heterodoxo.
Otras veces, la provocación tomaba tonos más políticos.
Resultaba un poco fuerte, en la España de 1950, oírle
decir públicamente a un cura que «a veces el cristiano
tiene la estricta obligación de conspirar». Así
que aprovechando algún pretexto, las jerarquías del
Opus lo mandaron a Roma, «a estudiar más teología».
Finalmente a la India. Una especie de destierro; también
un reencuentro con sus orígenes. Raimon cambió incluso
el apellido, de acuerdo con una dudosa fonética local: Panikkar
y no ya Pániker. Pero lo sorprendente es que tardase todavía
12 años en darse de baja del Opus, y que aún hoy se
considere a sí mismo como un «sacerdote cósmico».
Habrá que convenir en que eso del sacerdocio realmente imprime
carácter. Carácter empecinado.
Porque Raimon ha jugado a creer siempre en sí mismo, quiero
decir que se ha autoconvencido de su propia misión, y que
ha tenido una extraña maniática conciencia profética
que le ha conducido a un esquema intelectual que pudiéramos
resumir así: 1) el alma de toda cultura es la religión,
2) mientras no llegue una interpenetración de religiones,
las culturas permanecerán extrañas las unas a las
otras, 3) para alcanzar esa interpenetración, hace falta
una nueva hermenéutica y una nueva teología. De ahí
el teandrismo o, incluso, el cosmoteandrismo: Dios, el hombre y
el cosmos no pueden ser considerados independientemente. Cristo
(o Ishvara) es el puente de unión de esas realidades. Lo
cual conduce a un nuevo enfoque de lo sagrado, el culto, la teología
trinitaria, el citado diálogo entre religiones. (...)
En todo caso, comprendo a mi hermano. Simpatizo incluso con él.
Nuestra estructura mental es formalmente homóloga. Me doy
cuenta de las raíces de su empecinamiento, el antídoto
para su carácter a la vez dubitativo y obsesivo. Un hombre
no puede renegar de su propia vida. Un hombre suele estar poseído,
ya desde su adolescencia, por algún leitmotiv que irá
desarrollando el resto de sus años. (...)
No estoy muy seguro de que mi hermano se haya enfrentado a fondo
con sus mecanismos de defensa. Eso sí: ha vivido con una
maniática intensidad, y supongo que morirá con las
botas puestas, aferrado a su autoimagen, cargado de obsesiones,
ávido, dubitativo, cauteloso, agresivo, brillante y falsamente
loco. Cada vez más perdido, cada vez más prisionero
de sí mismo. Y menos de fiar (mi padre, a veces, lo llamaba
zorro). Hay algo que no encaja: la meticulosidad y la descompensación;
una cierta exhibición de sus talentos y un déficit
de generosidad derrochadora.
Tampoco está descartado que en el último tramo de
su vida, a mi hermano se le vea ampliamente el plumero, quiero decir
la paranoia, la obsesión, la angustia, el desvarío;
que se le desmoronen los fragmentos de su yo farsante y que se acurruque
bajo el ala de alguna confortable convención. (Por supuesto
que con un cúmulo de autojustificaciones.)
Hubo un tiempo en que parecía que mi hermano acabaría
en místico; que sus largas experiencias en la India le conducirían,
finalmente, al estado de samnyasa, la liberación y la sabiduría.
Por lo que me cuentan, no es éste el camino que va a seguir.
Es un tipo mucho más premeditado que yo, mi hermano. Su «pecado
capital» es la soberbia. La falta de conciencia de sus propios
límites. Pero también en esto le comprendo: esa «soberbia»,
esa cerrazón, es un mecanismo de defensa frente a la presión
casi inhumana a que se ha visto sometido por la Santa Iglesia Católica
Apostólica Romana. Considero a mi hermano como a una víctima
especialmente retorcida de esa sagrada institución. Ese empeño
maniático en permanecer dentro de su seno, ni que fuere heterodoxamente
(so pretexto de hacerla cambiar), eso se me antoja el síntoma
supremo de una alienación irreversible. Digo que es un tipo
mucho más premeditado que yo, mi hermano, y que en ello ha
influido la permanente mediación/intromisión de un
cuerpo extraño. A lo mejor, y en toda su vida de adulto,
no ha llorado ni una sola vez. Le recuerdo con amplísimas
sonrisas cuando la muerte de nuestra madre, como diciendo: aquí
no ha pasado nada, los designios del Señor se cumplen siempre.
(Ciertamente, toda espontaneidad es fabricada; pero hay grados,
grados de represión y alienación.) Exquisitamente
centrado en sí mismo, la solidaridad de mi hermano con el
prójimo pasa por un previo montaje intelectual. Podría
uno estar desangrándose en la cuneta y él sólo
vendría a echar una mano si con ello reforzara su aparejo
teórico y autoestimativo.
Nada especial por lo demás. Muy propio de la condición
humana, de animales que filtran la información que les conviene.
Aunque un poco desconcertante, toda vez que mi hermano se ha pasado
la vida predicando un cierto cristianismo evangélico.
Pero ya digo que todo tiene una mínima explicación.
Influye la genética, la ideología, la cultura, el
complejo hipotalámico-límbico (a la sociobiología
lo que es de la sociobiología), el aprendizaje, la caracterología,
la biografía. Mi hermano sigue siendo el Príncipe
Perpetuo que encabezaba todas las promulgaciones de dignidades en
el colegio de los jesuitas. Está condicionado para el mantenimiento
de una permanente tensión egótica. Centrado en su
menudencia flexible, ojos alerta y boca estrecha, observa a intervalos,
escucha por fragmentos, mantiene un perenne rictus de ironía,
pero no se aparta un milímetro de su propio paradigma (demasiados
años le ha costado construirlo). Repentinamente, descubres
en él como un vahído de tristeza y desamparo, una
inmensa sed de comunicación y afecto, y comprendes por qué
necesita autoafirmarse permanentemente, como un atleta obseso. Pero
enseguida vuelve la norma, la burla, la sonrisa charmante, la defensa,
el comentario incisivo (o supuestamente incisivo), la voz aguda
y oriental. Un cierto jesuitismo. La tremenda fortificación.
El ego. Se lo dije una vez:
Lo que ocurre contigo es que jamás has cambiado de
marco de referencia, por muchas que hayan sido las rupturas aparentes;
jamás has conducido hasta el límite la crisis de tus
propios fundamentos, y, por esta razón, jamás cometerás
suicidio.
Me escuchó con atención. Raimon siempre escucha
con atención cuando el asunto le concierne. También
le dije que no entendía por qué no abandonaba de una
vez el cristianismo y su estatus eclesiástico. Contestó:
Porque creo haber hecho la experiencia de Cristo.
Intactas reservas de ingenuidad mágica, simbiosis que alimentó
su juventud: a eso le llamaba él haber hecho la experiencia
de Cristo. Hubiera podido replicarle: también yo he hecho
la experiencia de Cristo, y la experiencia del whisky con hielo,
y la experiencia del olor a mar, y la experiencia del vino rosado
con migas de pan en un quai de Saint-Tropez, y la experiencia de
la distonía vegetativa, y la experiencia de la nada, y ahora
escribo un libro para metabolizar tanta experiencia, porque la vida
parece, efectivamente, un relato contado por un idiota y presidido
por la lotería. Eso por no hablar de los éxtasis anónimos,
tocarse, olerse, besarse, joderse, evadirse de la cárcel.
La cárcel del ego.
Pero ya digo que Raimon, a pesar de su robusto instinto metafísico,
no parece haber sintonizado con el desvarío permanente de
la situación humana; no parece estar al tanto del condicionamiento
de la neurobiología. Mantiene una irritante rigidez, un tufillo
escolástico, más allá de sus proclamas pluralistas.
Pasó de la fenomenología a la hermenéutica,
y en eso se quedó. Se quedó en teólogo, adicto
al expediente del chivo expiatorio. Lo cual también es comprensible:
quien se ha pasado la vida defendiendo hipótesis inverificables,
acaba como tocado del ala.
Raimon pudo haber sido a ratos lo es un hombre muy guapo,
con su frente grande y su sonrisa de perfectos dientes blancos;
pero mayormente se quedó en ardilla astuta y niño
precoz de mirar desconfiado: un tipo estrecho que frunce la boca
hasta acabar en una pura línea. La cara crispada, el cerebro
impermeable. Hay quien le acusa de ser un personaje falso; lo que
ocurre es que su falsedad está ya completamente entremetida
en su osamenta. Lleva en sí la gravidez de una infancia menos
fácil que la mía: la marginalidad del muchacho demasiado
frágil, demasiado tímido, demasiado moreno, y que
encontró compensación por la vía obstinada
de la inteligencia, del estudio y de la religiosidad: tantos años
de ser el «número uno», y luego el chamán.
Tal vez sea ya un fósil, un fósil con poder de disimulo,
un fósil procedente de aquellos escolásticos inverosímiles
años cuarenta. No sé. Su cotización internacional
sigue alta. Forma parte de esa comunidad itinerante que Arthur Koestler
llamaba las call-girls, esas vedettes de la intelligentsia
(departamento: ciencias blandas) que van de congreso en congreso,
de seminario en seminario, de simposio en simposio, sin escucharse
demasiado los unos a los otros, inútiles a largo plazo, funcionalmente
eficaces, supuestos transmisores sinápticos dentro del sistema
cultural del mundo.
Raimon ha sido un personaje para mí muy relevante en una
época larga de mi vida. (Y de ahí, supongo, la extensión
de ese apunte.) Él era la garantía de mi cristianismo,
la ejemplaridad convincente, el «argumento de autoridad».
Hoy pienso que los aciertos humanos van por zonas. Cada cual tiene
su terreno de juego. A estas alturas de mi vida, la ley de la finitud
me parece tan universal como la ley de la conservación de
la energía. No existen grandes hombres, no existen pequeños
hombres. Existen diferentes estructuras de la finitud humana.
A pesar de nuestra actual incomunicación, sigo considerando
a mi hermano como un animal profundo y perdido, huérfano,
fuera de patrón, una de las pocas personas capaces de acompañarte
(intelectualmente) hasta lo último, o sea, hasta ninguna
parte. Tal vez esté malamente loco, tal vez sea un hipócrita
(sobre todo consigo mismo), tal vez predique una sabiduria que no
posee. Pero ¿no nos ocurre a todos lo mismo? ¿No somos
todos un monumento de autojustificación? (...)
Existe entre mi hermano y yo una diferencia: él tiende a
la paranoia, yo a la depresión. Él ve conspiraciones,
yo veo la nada. Salvado lo cual, tenemos una mente ya lo he
dicho vagamente homóloga, secretamente cartesiana (de
ahí nuestra obsesión por el contrapeso místico).
Entiendo que él se resista a abdicar de sus papeles mágicos:
quien ha gozado de una droga tan intensa y eficaz, difícilmente
puede vivir sin ella; quien ha sido protegido por cotas tan reconfortables
de infalibilidad y seguridad ontológica, parece marcado de
por vida. Ahora mi hermano disfruta de las rentas simbólicas
y literales de una trayectoria singular y, a su manera, afortunada.
Deo gratias.»
Salvador Pániker, 1927, Primer testamento
(1985), págs. 32, 35-36, 127-137 de la edición en
Nuevas Ediciones de Bolsillo, Barcelona 2000.
Primer Testamento (4ª ED.)
Salvador Paniker, 1990
Editorial Seix Barral.
Lengua: Castellano
336 pgs.
ISBN: 8432205192
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